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El Bestiario… El fracaso en Nativitas Tlaxcala no tiene excusas, pero si padrinos
Opinión de Edgar García Gallegos
Por más que lo intenten maquillar con frases como “nos ganaron en tiempo” o “el protocolo se activó”, la realidad no se puede disfrazar: el Estado falló en Nativitas. Y lo hizo de la forma más brutal posible: permitiendo que un presunto violador fuera linchado en plena vía pública, ante la vista de todos, con cuerpos policiacos presentes y sin capacidad alguna de reacción.
El secretario de Seguridad Ciudadana, Alberto Martín Perea Marrufo, salió ante medios con lo que parecía una declaración de trámite. Pero en lugar de ofrecer una explicación contundente, asumió la postura más cómoda: culpar al reloj, a la rapidez de la turba, a la falta de denuncias. Dijo lo que no se debe decir cuando se tiene el deber de proteger la vida, incluso de quien ha cometido un delito atroz: “nos ganaron en tiempo”.
¿En serio? ¿Eso es todo?
Porque no basta con señalar que «el protocolo se aplicó». Si el resultado fue un cadáver en la plaza, entonces el protocolo no sirve o no se ejecutó como debe ser. Y si el gobierno estatal se conforma con este tipo de respuestas, lo único que confirma es su incapacidad para ejercer autoridad real.
Este hecho no solo exhibe la rabia de una comunidad herida, sino también el vacío absoluto del poder institucional. La ley desapareció durante horas. Los tres niveles de gobierno se volvieron espectadores. Y mientras tanto, la violencia ocupó el lugar de la justicia.
¿Dónde quedó el protocolo que presumió la gobernadora Lorena Cuéllar hace apenas un año, rodeada de funcionarios y presidentes municipales que aplaudían su firma? ¿Dónde estaban los famosos tres anillos de seguridad, la figura del negociador, los tiempos de reacción, la coordinación? Todo fue humo. Papel firmado y olvidado.
Y sí, no hay forma de justificar un crimen como el que se le atribuía al presunto agresor. Pero tampoco puede justificarse que el Estado permita, por omisión o por incompetencia, que una muchedumbre se convierta en juez, jurado y verdugo.
Porque cuando eso ocurre, dejamos de vivir en un estado de derecho. Entramos en la ley de la selva. Y en esa jungla, todos —inocentes o culpables— estamos en peligro.
Perea Marrufo pide a la ciudadanía que denuncie. Pero ¿de qué sirve denunciar si las instituciones no llegan, o cuando llegan, lo hacen sin autoridad, sin estrategia y sin capacidad de control? El problema no es solo la falta de denuncias. Es la falta de Estado.
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