Las “decisiones soberanas” de la doctora
Opinión de
La “soberanía nacional”, esa entelequia más propia del siglo XIX que del globalizado siglo XXI, ha sido siempre una muletilla muy socorrida y utilizada por los presidentes de México para tratar de defender su actuación ante los avasallantes gobiernos de Estados Unidos.
Empezando por Antonio López de Santa Anna, que mientras decía defender la soberanía nacional, entregó más de la mitad del territorio de la República al país vecino, siguiendo con la era priista donde los presidentes predicaban en público la defensa soberana de la República mientras acataban en privado, al grado que varios de ellos (López Mateos, Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo) llegaron a colaborar como informantes de la CIA, o la guerra de Felipe Calderón que abrió de par en par las puertas nacionales a las agencias estadounidenses, no ha habido presidente y ahora presidenta que no invoque la soberanía como retórica nacionalista y patriotera, mientras cede en privado ante las presiones y amenazas de Washington.
La presidenta Claudia Sheinbaum, tratando de sostener la narrativa de la vieja izquierda —en la cual ella y su movimiento no se someten ante los gringos, con los que “colaboran” o “cooperan” pero no entregan al país, porque además los “vendepatrias” son los opositores— lleva meses repitiendo la cantaleta de una defensa soberana del territorio que le gana simpatías entre sus militantes y seguidores, pero que hacia afuera, en otros sectores de la sociedad, y también en los círculos políticos de Washington, se interpreta más bien como la resistencia a aceptar que los cárteles de la droga mexicanos, esos con los que su antecesor hizo pactos y les dio impunidad, deben de ser combatidos de manera abierta y frontal, para terminar con su reinado de violencia, miedo y extorsión hacia los indefensos mexicanos.
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