DE FRENTE… Ana Lilia Rivera: el deslinde que pone a temblar al lorenismo.
Opinión de Yazmin Calderón
La entrevista de la Senadora Ana Lilia Rivera Rivera, Senadora de la República Mexicana y figura de peso en Morena y por supuesto de la política tlaxcalteca, pasó casi desapercibida para algunos. Sin embargo, sus palabras tienen un filo que corta directo al corazón de la narrativa oficial en Tlaxcala.
Rivera Rivera fue clara y contundente: “Yo no me tengo que cuidar de la gente. El pueblo me cuida porque yo no tengo nada que ver con la delincuencia organizada. Jamás he tenido contacto con nadie que esté involucrado en esas actividades. ¿Por qué habrían de hacerme daño si hago mi trabajo de manera honesta?”
Esa frase, que parece simple, es en realidad un deslinde brutal. Lo que deja ver entre líneas es que quienes sí se esconden detrás de escoltas, blindadas y cuerpos de seguridad… son los que tienen nexos con el crimen. Ella no.
La Senadora no sólo habló desde la confianza que le da su conciencia, sino que lanzó un mensaje lapidario: “Si algo no está funcionando, nosotros en el gobierno federal estamos para ayudar… entreguémosle cuentas dignas a nuestro pueblo, porque merecemos vivir en paz.”
¿A quién iba dirigido ese golpe? A nadie más que al Gobierno del Estado de Tlaxcala. Porque ella misma subrayó que quien debe investigar los delitos es la Fiscalía General del Estado y quien debe trazar la estrategia de seguridad es la Secretaría de Seguridad Ciudadana. Dicho de otro modo: las instituciones locales que han fracasado estrepitosamente bajo el mando de Lorena Cuéllar.
El contraste es demoledor. Mientras el gobierno federal presume, con Claudia Sheinbaum a la cabeza, que la estrategia de seguridad empieza a rendir frutos y a reducir índices delictivos en varios estados, en Tlaxcala sucede lo contrario: la violencia, la trata, los homicidios y la inseguridad se multiplican. Y no lo dice un adversario político, lo dice la presidenta del Senado.
La carga simbólica es enorme. La ex Presidenta del Senado asegura que ella camina libre, sin escoltas, sin miedo, porque no está metida en “cosas malas”. Ese argumento es dinamita: si otros funcionarios del lorenismo necesitan protección desmedida, ¿qué es lo que temen? ¿qué es lo que esconden? ¿a quién le deben favores?
No es menor que la Senadora Rivera Rivera aclare: “Yo no tengo nada que ver con la delincuencia organizada, jamás he tenido contacto con nadie de esas actividades”. Un deslinde de ese calibre deja expuestos a quienes, en los hechos, sí han sido señalados por pactar con grupos criminales y no necesariamente en este sexenio, que quede claro.
El mensaje obliga a poner los reflectores donde siempre han querido apagarlos: en la Fiscalía del Estado, en la Secretaría de Seguridad Ciudadana y en el C5i, todos bajo la sombra de un presupuesto millonario que no ha dado resultados. Rivera Rivera lo dijo con elegancia, pero en el fondo la acusación es clara: se está fallando en Tlaxcala y alguien debe rendir cuentas.
Ahora bien, sus palabras ya no pueden quedarse en el aire. Si la Senadora quiso levantar la voz, debe saber que con ello asumió un compromiso enorme: pasar de la retórica a la acción. Tlaxcala no necesita discursos inspiradores sino resultados. Si de verdad cree que somos más los buenos, entonces debe encabezar esa exigencia de transparencia y seguridad para todos.
Porque hoy, más que nunca, se acabó el tiempo de los silencios. Y gracias a esta declaración, el lorenismo ya no puede fingir que todo va bien.
La última y nos vamos…
De la recaudación ejemplar… al desastre municipal.
La Presidenta Claudia Sheinbaum lo dijo con claridad: gracias a que terminó el régimen de corrupción y privilegios, México logró una recaudación histórica. En enero de 2025 se recaudaron 576 mil 373 millones de pesos, cumpliendo con el 100.2% de la Ley de Ingresos. El mensaje fue optimista: con impuestos bien recaudados, hay recursos para programas sociales y para la obra pública que mejora la vida de los ciudadanos. (No sabemos con certezas qué ciudadanos mejoraron su vida en obra pública).
Pero basta voltear a la capital de Tlaxcala para que ese discurso se desplome al primer aguacero. Literal.
El Presidente Municipal Alfonso Sánchez García se ha empeñado en mostrar que puede gastar dinero público en reencarpetamientos y arreglos “históricos”, pero la realidad es grotesca: ni un mes duran sus obras antes de que el agua se las lleve, provocando inundaciones en puntos críticos de la ciudad y afectaciones graves al comercio.
La paradoja es evidente: mientras Sheinbaum Pardo presume que el pago puntual de impuestos garantiza mejores servicios, en Tlaxcala capital ocurre exactamente lo contrario. Aquí, los recursos parecen invertirse en materiales de pésima calidad, contratos inflados y obras fugaces. La ciudadanía paga, pero recibe como moneda de cambio banquetas levantadas, socavones, drenajes colapsados y calles que se deshacen con la primera lluvia.
El caso de Alfonso Sánchez García es digno de estudio. Todo lo que toca se convierte en ruina. No es el Rey Midas que convertía en oro cuanto alcanzaba con su mano, sino más bien su antítesis: todo lo que ordena se transforma en desperdicio. Y no sólo desperdicio de materiales, sino de recursos públicos y de confianza ciudadana.
La pregunta inevitable es: ¿A dónde va realmente el dinero de la recaudación municipal? Porque lo que sí crece, como bien lo perciben los capitalinos, no son las obras de calidad, sino los bolsillos llenos de quienes hoy ocupan las sillas del poder municipal.
Claudia Sheinbaum agradece a los mexicanos por cumplir con sus impuestos. El problema es que en Tlaxcala capital ese esfuerzo se convierte en un insulto: el ciudadano cumple, pero el Ayuntamiento no. El ciudadano paga, pero recibe escombros. El ciudadano confía, pero su presidente municipal responde con improvisación, opacidad y desastre.
La presidenta Sheinbaum presume recaudación ejemplar. Alfonso Sánchez García exhibe gestión vergonzosa. Un contraste que desnuda la realidad: no basta recaudar, si los gobiernos locales son incapaces de transformar esos recursos en obras dignas y duraderas.
Y aquí, tristemente, Tlaxcala capital es el ejemplo perfecto. Qué lamentable es tener que sufrir imposiciones que no tienen la más mínima idea de cómo gobernar, y sólo es un municipio, imaginé Usted si habláramos de gobernar un Estado.
¡Excelente semana!
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