Año nuevo y la aceptación del devenir
Las celebraciones se llenan de optimismo. El tiempo parece renacer. El pasado se archiva. Las supersticiones afloran —uvas, champagne, cucharas, rezos y huevos—. Todos se permiten, por un instante, la ilusión de una vida distinta.
La trampa de la novedad es que se presenta como intrínsecamente superior a cualquier tradición. La novedad se vuelve sinónimo de progreso, y el progreso, a su vez, es santificado por optimismos superfluos que dan por hecho que todo estará bien. Se trata de una esperanza laica: avanzar equivale a mejorar.
Este año nuevo, pocos se plantean la posibilidad de la inacción; de los no-propósitos; del vacío; de la fluidez. En pocas palabras, de aceptar el destino. De asumir, sin eufemismos, el amor fati. La cultura de los propósitos no tolera el silencio ni la pausa: exige planes, metas, reinvenciones fundadas en fantasías; se niega la posibilidad del fracaso, del dolor, de la muerte.
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Año nuevo y la aceptación del devenir