Partido gobernante quiere todo
Opinión de
La iniciativa de reforma electoral entregada por la comisión de Pablo Gómez Álvarez y los líderes del Congreso y seguramente depurada por la presidenta Sheinbaum Pardo no se sale de la lógica histórica de la estructura de votaciones de México desde la Constitución de 1917: no promover la democracia, sino entregarle el poder absoluto al partido en el poder.
La elite intelectual salinista tendrá, el lenguaje brutal, que tragarse sus propias palabras: las reformas electorales de 1990 a 2014 nunca fueron –porque no tenían esa intención– una iniciativa de transición a la democracia, sino que tuvieron la única intención de maquillar el sistema presidencialista autoritario para controlar las elecciones nacionales como IFE/INE.
De José Woldenberg en 1994 a Lorenzo Córdova Vianello en 2014 existió una autoridad electoral bajo control de la mayoría priista, luego prianista y finalmente prianredista, pero sometida a la legitimación de comicios a favor del PRI y luego el PAN.
A favor de este modelo de control electoral ha estado el hecho de que en México no ha existido nunca una verdadera oposición sistémica o de régimen. Más que potenciar una oposición real, la reforma política de 1977 jaló al Partido Comunista a la institucionalización priista y lo alejó de la democracia socialista promovida por, por ejemplo, Pablo Gómez Álvarez.
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