El golpe silencioso al federalismo
Aquí hay algo que no se ha explicado bien del llamado “Plan B”. Y vale la pena decirlo sin rodeos. No hablamos de una sola reforma. Tampoco de un solo camino. Lo que se puso sobre la mesa -y eso se pierde en la discusión pública- es un mismo proyecto con dos vías: una constitucional y otra legal. Dos formas distintas de hacer lo mismo. Porque al final, aunque cambie el mecanismo, el objetivo no cambia: reconfigurar el poder electoral -y político- desde el centro.
Y ahí empieza el problema. Porque el llamado “Plan A” no es más que una derrota política, que ahora quieren transformar en una victoria para la presidenta. Porque simplemente no se aprobó.
La parte constitucional era la más profunda. No eran ajustes menores. Se estaba metiendo mano a la forma en que se representan los ciudadanos en estados y municipios. Reducir regidores sin criterio poblacional no es un detalle técnico. Es recortar representación. Y cuando ese número baja, pasa lo evidente: la representación proporcional se reduce. ¿El resultado? Menos pluralidad. Los partidos pequeños desaparecen del cabildo. No es casualidad, es transitar a partido de Estado.
Luego está la sindicatura única. Dejar una sola no es eficiencia. Es debilitar el control interno. La sindicatura vigila, fiscaliza, equilibra y representa legalmente al municipio. Sólo una saturará sus funciones y quita contrapesos frente a quien presida una alcaldía.
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