Asalto al poder
Opinión de
Desde que concluyó su mandato presidencial, Andrés Manuel López Obrador se fue a su finca en Palenque -totalmente remozada por el Ejército– y desapareció del ojo público. Pero vivir con discreción no significó retirarse de la política, como insisten sus voceros para esconder su activismo. López Obrador no perdió canonjías. Mantuvo vehículos blindados a cargo del erario y, lo más importante, el sistema de comunicación gubernamental que se llama coloquialmente como “el teléfono rojo”. López Obrador no perdió poder; solo lo disimuló.
Sus apariciones en público han sido contadas: cuando anunció el libro que escribieron una veintena de manos por él, y cuando apeló a la ayuda a Cuba, pidiendo donaciones para la dictadura castrista. Pero hubo un mensaje de fondo cuando promocionó su libro el 30 de noviembre, cuando al hablar de la “temporada de zopilotes y halcones” que se vivía, pidió respaldar a la presidenta Claudia Sheinbaum para impedir que la acosaran, y que si eso sucediera, saldría de su finca para defenderla pero, sobre todo, para preservar su proyecto de la cuatroté.
Visto aquel momento en retrospectiva, puede verse aquel día como el lance de un globo de prueba para medir la reacción política y pública a su reaparición. Fue un éxito porque dominó la agenda y los ciclos informativos, sin recibir críticas de sus opositores y, en cambio, agradecimiento de la propia presidenta. López Obrador estaba calentando motores. Semanas después, detectaron en el gobierno federal, se integró una especie de “cuarto de guerra”, donde figuraban algunos de sus ideólogos de su sexenio, comensales frecuentes en Palacio Nacional, con un “cuarto de junto” de asesores, donde están algunas plumas injertas en medios de comunicación nacionales.
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