COSA PÚBLICA… Ni lágrimas ni discursos apagan incendios: el caso de Ana Lilia Rivera
Opinión de Albino Rubio Moreno
El incendio forestal en Alzayanca no solo dejó una grave afectación ambiental: también evidenció el nivel de compromiso y capacidad de respuesta de quienes representan al pueblo. En medio de la contingencia, la senadora Ana Lilia Rivera, figura de Morena en Tlaxcala, quedó en el centro de la polémica no por lo que hizo, sino por lo que no hizo, o al menos, por lo que la ciudadanía no vio que hiciera.
Lejos de asumir con madurez su ausencia pública durante los momentos más críticos, la legisladora optó por justificar su inacción con declaraciones tardías que, en lugar de calmar las críticas, avivaron el descontento. Lo hizo en una entrevista informal, a pie de calle, donde relató que “sí ayudó”, que hizo llamadas a dependencias para saber qué estaban haciendo, pero que no es su estilo “presumirlo en redes sociales”. Agregó que, al llegar a la zona afectada, “se hincó y lloró”. Un gesto que, como ironizaron usuarios en redes sociales, “ni con sus lágrimas logró apagar el incendio”.
Y mientras la senadora intentaba limpiar su imagen con palabras, otros actuaron con hechos. El cantante huamantleco Carlos Rivera, sin cargo público alguno, acudió desde el primer momento, poniendo su casa a disposición como refugio y movilizó apoyos. No lloró frente a una cámara. No dio discursos. Ayudó, sin protagonismo, con el compromiso simple de ser tlaxcalteca y ayudar a su tierra.
Las declaraciones de Ana Lilia Rivera no solo exhibieron desconexión con el sentir ciudadano, sino también una lectura equivocada del momento político: Tlaxcala atraviesa una etapa de hartazgo frente a la simulación, y la gente no está dispuesta a aceptar pretextos cuando espera liderazgo y solidaridad. En política, los tiempos importan, y en esta ocasión, la reacción fue claramente tardía.
Decir, más de una semana después del siniestro, que “presentará iniciativas” para tipificar el delito de incendios y exigir informes a las autoridades, puede tener valor legislativo -en caso de que se llegara a cumplir que cuestione a la Gobernadora Lorena Cuéllar, de su mismo partido y a las autoridades federales igual de Morena – pero no repara la percepción de ausencia en el momento en que más se requería presencia.
En un estado donde la ciudadanía —sin ser gobierno— se organizó para combatir el fuego, la explicación de que “ella no podía hacer más porque es legisladora” resulta no solo insuficiente, sino desconectada de la realidad.
Porque si algo quedó claro con esta tragedia, es que Tlaxcala no solo necesita leyes: necesita liderazgos reales, capaces de actuar y conectar. La ciudadanía ya no se conforma con discursos vacíos ni lágrimas simbólicas. Exige empatía, eficacia y resultados.
Y es que, en Tlaxcala, ni los discursos ni las lágrimas apagan incendios. Y mucho menos restauran la confianza perdida.
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