DE FRENTE… Periodismo en tiempos de autoritarismo
Opinión de Yazmin Calderón Zavaleta
“No somos los culpables, somos el eco de la verdad”.
Escribir desde el periodismo se ha vuelto un acto de resistencia. Informar, cuestionar, narrar lo que ocurre fuera de los discursos oficiales, es hoy un riesgo que asumimos cada día con más conciencia y menos protección. Porque en México —y en Tlaxcala particularmente— ejercer la libertad de expresión implica enfrentarse no solo a la violencia del crimen organizado, sino al desprecio sistemático del poder político hacia el trabajo de los medios de comunicación.
El miedo se ha instalado en nuestras comunidades: hay colonias donde nadie habla por temor, hay negocios que pagan piso, familias que buscan a sus desaparecidos, mujeres que no regresan a casa. Sin embargo, para algunos gobiernos, reconocerlo sería aceptar que han fracasado. Y en vez de atender el problema, prefieren disparar contra el mensajero.
Mientras las calles se llenan de levantones, extorsiones, feminicidios, linchamientos, robos y asesinatos, hay quienes prefieren maquillar la realidad en lugar de asumirla. Lo más alarmante no es sólo el silencio institucional frente a la violencia, sino la criminalización abierta hacia quienes nos atrevemos a hablar de ella. En días recientes, la gobernadora de Tlaxcala responsabilizó a los medios de comunicación de “desinformar” a la ciudadanía por hablar —valga la redundancia— de la ola de violencia que crece desde que inició su administración.
No, gobernadora. No somos nosotros quienes estamos desinformando. Desinformar es negar lo que vive la gente. Desinformar es esconder cifras, callar hechos y manipular la percepción pública con campañas pagadas. Informar, en cambio, es hacer lo que ustedes no quieren que hagamos: contar lo que pasa, así duela, así incomode.
Y como si esto no bastara, desde el Senado se impulsa una reforma que podría convertirse en el arma perfecta contra la libertad de expresión. Una especie de “ley mordaza” disfrazada de regulación, que pretende multar o incluso silenciar a medios y comunicadores que no se alineen con la narrativa oficial. En otras palabras: si lo que informas no les gusta, te castigan. Si no repites su versión, te apagan.
Quieren domesticar al periodismo. Convertirlo en vocero del poder. Imponer un sistema donde opinar libremente sea un lujo, no un derecho. Donde antes de escribir haya que pedir permiso, donde la crítica sea castigada con sanciones millonarias y los medios libres sean asfixiados financieramente. Y lo más grave: pretenden institucionalizar ese control bajo el disfraz de la legalidad.
Esto no es una exageración. Es el camino directo hacia el autoritarismo. Un régimen que necesita controlar la información para sostenerse es uno que ha perdido su legitimidad. Lo que está en juego no es solo el futuro del periodismo: es el derecho de la ciudadanía a vivir informada, a disentir, a exigir. Cuando el poder decide quién puede hablar y qué puede decirse, ya no estamos en democracia: estamos en una simulación.
Y a quienes desde el poder se empeñan en desacreditar a la prensa, habría que recordarles algo básico: los medios no fabricamos realidades, las narramos. Si lo que contamos es incómodo, tal vez el problema no sea el medio, sino la realidad misma.
Por eso, desde esta trinchera, lanzo un llamado urgente y frontal: compañeros y compañeras del gremio, no claudiquemos. No bajemos la voz. No cedamos ante la presión ni ante las dádivas disfrazadas de convenios. No hay presupuesto que valga más que la verdad. Y no hay amenaza que nos obligue a renunciar a nuestra dignidad.
Rebelémonos. Con el micrófono, con la pluma, con la cámara, con la palabra. Porque la libertad de expresión no se pide, se ejerce. Y porque el silencio no es opción cuando la democracia está en juego.
Por eso, hoy celebro a quienes no sólo informan, sino que incomodan, cuestionan, investigan y alzan la voz cuando otros prefieren callar. A quienes se juegan la vida por contar la verdad, a quienes no negocian su pluma ni su micrófono, a quienes siguen creyendo que el periodismo es servicio, compromiso y resistencia.
En un país donde informar se ha vuelto un acto de valentía, ser periodista es también ser guardián de la democracia, defensor de los derechos y testigo incómodo del poder.
Mi admiración y respeto para cada colega que no se rinde, que persiste, que se rebela ante la censura, la mentira o la indiferencia. Sigamos siendo eco de la verdad, incluso cuando esa verdad duela.
Porque sin periodismo libre, no hay libertad.
Porque sin periodistas valientes, no hay justicia.
¡Gracias por no rendirse! Hoy y siempre, mi abrazo y reconocimiento.
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