Señorío Tlaxcalteca… El dinosaurio del PRI que nunca se fue de Tlaxcala
Opinión de Martín Ruiz
El viejo régimen tiene secuestrada la política en la entidad y esa es su verdadera tragedia.
En Tlaxcala no gobierna un partido: gobierna un régimen. Y ese régimen tiene nombre, historia y colmillos: el PRI, ese dinosaurio político que nunca se extinguió y que hoy, más voraz que nunca, se prepara para seguir en el poder mediante la herencia descarada. Aquí no hay alternancia, hay fraude histórico continuado.
Desde 1998 se montó la gran farsa. Alfonso Sánchez Anaya, priista disfrazado de perredista, inauguró la simulación moderna: convencer a la sociedad de que algo había cambiado cuando, en realidad, todo seguía igual. Fue el primer acto del engaño. Hoy, el círculo pretende cerrarse de la peor manera posible: imponiendo a su hijo, Alfonso Sánchez García, como delfín.
No es continuidad política: es dinastía, es feudalismo electoral, es la negación misma de la democracia.
Después vinieron más máscaras del mismo monstruo. Héctor Ortiz, priista reciclado en panista y protegido de Beatriz Paredes Rangel, confirmó que en Tlaxcala los partidos son simples franquicias.
Mariano González Zarur, el priista más corrupto y cínico, elevó el saqueo a doctrina. No sólo dijo que quería gobernar para hacer negocios: convirtió el gobierno en su negocio y ahora trabaja para que su hijo —el converso a Morena— sea el próximo alcalde de Apizaco.
Marco Antonio Mena Rodríguez cerró el ciclo priista formal traicionando a su partido y refugiándose en Morena, con la comodidad adicional de los lazos familiares con la actual gobernadora. Su hermano Fabricio es el cuñado incómodo de Lorena Cuéllar. En Tlaxcala, el poder no se discute: se reparte entre parientes.
Y entonces llegó Lorena Cuéllar Cisneros, vendida como símbolo de la transformación, pero formada íntegramente en el PRI: síndico, alcaldesa, diputada local priista; heredera de una tradición familiar priista; nieta de exgobernadores priistas de la peor alcurnia. Sobrina de Joaquín Cisneros, eterno aspirante tricolor, pero cuyo pasado corrupto lo persigue y lo perseguirá siempre.
La “ruptura” de Lorena con el PRI no fue valentía: fue cálculo. Morena no la cambió; ella colonizó a Morena y lo convirtió en el último refugio del dinosaurio.
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El dinosaurio del PRI que nunca se fue de Tlaxcala – Señorio Tlaxcalteca