Señorío Tlaxcalteca… Una vulgar comedia lo sucedido en Casa de
Callar
Opinión de
¿Por qué molesta tanto a los gobiernos que los ciudadanos conozcan los hechos, contrasten versiones y formen su propio juicio? ¿Por qué incomoda la libertad de expresión, cuya razón de ser es evitar que el poder se adueñe de la verdad? ¿Quién puede arrogarse la representación de 134 millones de mexicanos para decidir qué ves, oyes o dices?
Cuando el poder pretende controlar las redes sociales o desacreditar sistemáticamente a periodistas y medios críticos mediante la imposición de los Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias, termina convirtiéndose en un tribunal de la verdad. Como están diseñados, la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones tendría la facultad de decidir qué información es “falsa”, “inexacta” o “descontextualizada”.
Gracias al periodismo y a la conversación digital salieron a la luz atrocidades que permanecían impunes: la golpiza de Víctor Rodríguez, ex director de Petróleos Mexicanos, a su esposa frente a su hijo; el “huachicol fiscal”, que salpicó a mandos navales, y el megafraude de Seguridad Alimentaria Mexicana, un desfalco de más de 15 mil millones de pesos documentado por auditorías e investigaciones periodísticas.
Mientras todo esto se fiscaliza desde afuera, el país sangra: más de 54 mil personas desaparecieron durante el sexenio pasado; asesinan a madres buscadoras que hacen el trabajo que el Estado abandonó, y comunidades enteras viven asediadas por el narcotráfico y sus ataques con drones. Esa es la trágica realidad que el periodismo libre tiene el deber de desnudar en un país donde siguen asesinando periodistas.
En la “Mañanera del Pueblo” se defiende la narrativa oficial. Para ello, el presupuesto federal destina más de 4 mil 300 millones de pesos a comunicación social y medios públicos. Si se suman los sistemas estatales de radio y televisión, la cifra ronda 15 mil millones de pesos provenientes del dinero de todos los mexicanos.
Tapar un hoyo solo hará que aparezcan miles más. Las preguntas incómodas son el último contrapeso democrático. Cuando un gobierno decide qué puedes informar, qué puedes escuchar o qué puedes decir, el problema jamás ha sido la prensa: es la tentación autoritaria del poder. POR ADRIANA DELGADO RUIZ COLABORADORA @AdriDelgadoRuiz