Señorío Tlaxcalteca… El aplausómetro de las mamás morenistas
Claudia, las oportunidades perdidas
La primera gran oportunidad fue trazar una frontera con la militarización. Pudo haber dicho, siquiera en el discurso, que su sexenio no entregaría aún más funciones a las Fuerzas Armadas. Pero eligió la continuidad. No sólo evitó toda crítica, sino que confirmó su alianza con el Ejército como si fuera un actor técnico, neutral, confiable. Olvidó que un gobierno civil debe tener límites claros con el poder armado, no abrazarlo desesperadamente como administrador paralelo.
Otra oportunidad perdida fue frente al centralismo. Desde su candidatura pudo haber impulsado una lógica más federal, más plural, más abierta. Pero aceptó —sin matices— que las decisiones se definieran desde el círculo más cerrado del obradorismo. Ni una sola crítica a las imposiciones de candidaturas locales, ni una sola acción contra el método de la línea vertical. Prefirió callar y esperar su turno frente al emperador romano del Senado. Pero gobernar no es heredar un esquema de poder: es transformarlo.
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