Opinión de Armando Fuentes Aguirre (Catón)
“En mi juventud tuve el cuerpo de un atleta”. Eso le comentó, orgulloso, don Jactancio a su mujer. Respondió ella: “Yo tuve el de 10”.
Aquellos recién casados hacían el amor todos los días. Tenían horario fijo para hacerlo: las 6 de la mañana, cuando ya casi era hora en que ambos debían arreglarse para ir a su trabajo. Sucedió que el muchacho pescó una fuerte gripe que lo postró en la cama, y el médico ordenó que se le aplicara una inyección con un antibiótico potente, tanto que sólo tres virus sobrevivieron a la medicación. Uno de ellos les dijo a sus compañeros: “Otra inyección como ésa y moriremos. Me esconderé en la oreja de nuestro portador. Así me salvaré”. Habló el segundo: “Tienes razón: muy grande es el peligro. Yo me ocultaré en su píloro, recóndito lugar”. Declaró el tercero: “Allá ustedes si quieren quedarse aquí. Yo me iré mañana en el rápido de las 6”.
Don Poseidón, granjero acomodado, le manifestó con orgullo al pretendiente de su hija: “El hombre que se case con Glafira se llevará una joya”. El galancete se interesó: “A verla”.
Una linda chica paseaba por el campo. Hacía un calor intenso, y la muchacha se alegró al ver un arroyuelo de aguas que a más de cristalinas se veían refrescantes. Así, se despojó por completo de sus ropas y entró en las claras y amenas linfas del regato. Cuando salió se dio cuenta de que un hombre la había estado observando tras los arbustos. Le dijo con indignación: “A las claras se ve que no es usted un caballero”. Respondió el individuo, cachazudo: “Y a las claras se ve que usted tampoco lo es”.
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