Señorío Tlaxcalteca… El aplausómetro de las mamás morenistas
Pueden valuar la obra, pero no al autor. Florestán.
Una de las características de quienes llegan al poder es que parte del falso supuesto de que es para siempre.
No importa en qué actividad: política, económica, sindical, clerical, social, del crimen organizado, dan ese supuesto por hecho, lo que es el mayor de los errores. El poder tiene como elemento esencial su caducidad.
Esa convicción, que va mucho más allá de la creencia, va de la mano con el arribo al poder y a lo largo de los años he llegado a escuchar, de al menos un poderoso, que ya sabe todo, lo que además de falso, es un pecado de soberbia. Nadie, nunca, a lo largo de la humanidad puede sostener esa afirmación derivada de la locura del poder que además de ser, como le decía, finito, es limitado.
Y eso se remarca en el ejercicio del poder político.
A lo largo de mis 56 años de ejercicio profesional en los que como reportero he visto pasar once presidentes de la República, de Gustavo Díaz Ordaz, de 1968 a 1970, que fue el primero en esas fechas, hasta ahora la primera presidenta de México. Claudia Sheinbaum.
Y en todos sus antecesores y sus más cercanos colaboradores, he visto, y registrado ese común denominador de que el poder es para siempre.
Por eso, al inicio, hacen proyectos solo para ellos alcanzables en su desproporción de los tiempos y al terminar todos coinciden en el pretexto de que seis años no alcanzan, sabedores de que ese es su plazo fatal, sea quien sea.
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