Esta composición no se puede explicar en la geometría política clásica, que en los últimos años ha sido sepultada por los populismos, que no es una ideología sino un concepto polisémico que abrigan líderes carismáticos que movilizan masas a partir de un discurso maniqueo que se reduce a la lucha entre el bien y el mal. Bajo este prisma se puede entender que presidentes de izquierda como Luis Inazio Lula da Silva de Brasil, Gabriel Boric de Chile y Gustavo Petro de Colombia, cuestionen la legalidad y legitimidad del supuesto triunfo de Maduro en las elecciones de julio pasado. En ese bloque estaba el expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien se sumó al reclamo de ese grupo de pedirle a Maduro que mostrara las boletas electorales que confirmaran su victoria.
Maduro no presentó nada, como tampoco lo hizo el órgano que prometió hacerlo, el Consejo Nacional Electoral, integrado por el oficialismo, que sin boletas en la mano le asignó 6.4 millones de votos, contra 5.3 de su opositor Edmundo González. La oposición reclamó de inmediato e hizo públicas el 83.5% de las actas computadas, que le daban la victoria 2 a 1 a González, 67% contra 30%. El Centro Carter, que fue invitado oficialmente como observador electoral, afirmó que las elecciones no se adecuó a los parámetros y estándares internacionales de integridad electoral, por lo cual no podía ser considerada como democrática.
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