Desde antes de la elección, estaba en el debate público si entraríamos a un nuevo Maximato (o minimato) como el que Calles ejerció por ocho años.
Y es que hay muchos políticos enfermos de poder que, mientras pueden, no lo soltarán, sea formal o informalmente. Santa Anna, Juárez, Díaz, Carranza, Obregón y Calles son buenos ejemplos de eso. AMLO es parte de esa lista.
Y por eso parece haber elegido a Claudia Sheinbaum, que de entre los precandidatos, parecía la más dispuesta a aceptar ese vasallaje, o de no hacerlo (como es el caso), le sería más difícil adquirir su autonomía.
AMLO le sembró alrededor numerosos alfiles, y una muestra de lo que venía fue haberle impedido nombrar a Omar G. Harfuch como candidato a la CDMX, poniendo en cambio a su leal Clara Brugada.
Pero Claudia aún era candidata y por ello no tenía el poder que supuestamente obtendría al tomar posesión como presidenta. No ocurrió.
Ahora lo confirma la reelección de Rosario Piedra en la CNDH —quien se dedicó a defender a los funcionarios públicos y militares de las denuncias y críticas de los ciudadanos a los que supuestamente debería apoyar.
Habiendo quedado en último lugar de la evaluación hecha por la Comisión correspondiente, y la división que se generó dentro de los senadores morenistas, se les impuso a Piedra (Claudia tenía su propia candidata). Además de que eso dejó claro quién sigue mandando, es un adelanto de la farsa electoral del Poder Judicial; pondrán gente impreparada pero sumisa, como lo es Piedra.
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