Opinión de Jorge Castañeda
En todas las transiciones de una administración a otra, hay sorpresas. Por más que López Portillo intentó compartir toda la información económica y financiera con De la Madrid, y que sus principales colaboradores o bien continuaron en el cargo (Jesús Silva Herzog) o bien apoyaron a quien resultó el sucesor (José Andrés de Oteyza, José Ramón López Portillo), el nuevo equipo descubrió bombas de tiempo y daños el 1 de diciembre de 1982 que no sospechaba. Asimismo, aunque Zedillo conociera bien el aparato económico-financiero del gobierno de Salinas, y aunque Jaime Serra, por ejemplo, fuera secretario de Comercio con Salinas y de Hacienda con él, y a pesar de las múltiples reuniones a finales del sexenio en 1994 entre los dos equipos, nunca esperó lo que encontró: una situación económica dramática, amplificada por los propios errores de las primeras semanas de su propio sexenio.
Por lo tanto, pensar que la reconducción del secretario de Hacienda en esta ocasión, o la cercanía entre los equipos de López Obrador y Sheinbaum, y sobre todo entre ellos dos, basta para evitar sobresaltos, sorpresas y desastres, resulta por lo menos ingenuo. Al contrario, y más allá del ámbito económico y financiero, es altamente probable que la nueva administración se esté topando con una serie de piedras o piedrotas en el camino que no presentía. Podemos ya entrever algunas.
En materia de violencia y seguridad, los estallidos de Sinaloa, Acapulco y Chilpancingo, y Chiapas además, no eran del todo previsibles, pero algo se sabía. No obstante, la extensión del crimen organizado, la verdadera dimensión de la violencia —sin eufemismos—, el número de desapariciones, de secuestros y de masacres, no pueden haber sido plenamente conocidos por los nuevos titulares de las diversas carteras pertinentes. Si Sheinbaum le solicitó de nuevo a Biden información sobre el Mayo Zambada, es porque no dispone de ella. Cuando se la entreguen, en su caso, se enterará de cosas que seguramente ignoraba hasta entonces. AMLO ni se imaginó que Estados Unidos detendría a Cienfuegos, y obviamente los norteamericanos no le avisaron. Peña Nieto no le advirtió que su secretario de la Defensa era narco: o porque no lo era, o porque no lo sabía, o porque no lo quiso delatar.
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