Cracking, una fractura política
Opinión de
Después de más de 18 meses de dubitaciones, idas y venidas, la presidenta Claudia Sheinbaum dio un gran paso en firme hacia la utilización del fracking para la extracción de gas natural. No utilizó esa palabra que empapa la controvertida técnica para extraer hidrocarburos inyectando agua a alta presión, químicos y arena, sino el término aparentemente inofensivo, de producir en “yacimientos no convencionales”. Fue un cálculo deliberado. La palabra quema y enciende al expresidente Andrés Manuel López Obrador, que construyó su legitimidad sobre símbolos, uno de ellos el fracking, cuya rabiosa oposición la planteó como una frontera moral frente al pasado neoliberal.
Sheinbaum fue extremadamente cuidadosa, y dejó un espacio de maniobra política al plantear como condicionante un estudio sobre el impacto ambiental, que se entregará para tomar la decisión final dentro de dos meses, curiosamente coincidente con la fiebre mundialista. Pero si la presidenta se mantiene, el fracking no será solo una técnica de extracción a debate, sino una línea de fractura política con su antecesor. Sheinbaum llegó a la Presidencia con una narrativa heredada de López Obrador de transición energética, soberanía y rechazo a prácticas “depredadoras”. Desde el despacho presidencial había establecido que el fracking era anatema político y símbolo de un modelo extractivo que debía superarse. Incluso quiso elevar el veto a rango constitucional, pero no lo logró.
Ideológicamente, Sheinbaum está contra el fracking, aun cuando la tecnología ha hecho menos dañina al medio ambiente, pero como científica entiende que es una palanca para el desarrollo. Sheinbaum, no tiene las telarañas que vivían en el pensamiento estancado de López Obrador, y parece haber superado una contradicción que borraba su ideologización: ¿por qué negarse al fracking cuando todo el gas natural que importa de Estados Unidos se extrae en Texas con el fracking?
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