La presidenta ya decidió
Hace tiempo afirmé que la presidenta Claudia Sheinbaum se encuentra en las horas más oscuras de su gobierno. La reciente filtración del periódico LA Times, que afirma la remoción de visas de dos gobernadores, figuras cercanas a López Obrador e importantes operadores electorales de lo que denominan el “movimiento”, desencadenó una serie de acontecimientos relevantes que ayudan a clarificar la estrategia del partido en el poder.
Andrés Manuel decidió -seguramente sin consultar a ningún asesor-publicar una carta de cinco cuartillas en la que califica de hitlerianas las acciones del gobierno de Trump, demandando el regreso del otro Trump, aquel al que, en su visión, influenciaba con facilidad.
Cuando las presiones estadounidenses se intensificaron con el caso Rocha Moya y compañía, la presidenta tenía distintas opciones para intentar frenar esta ola que pone en riesgo el poder de Morena en el país.
La primera de ellas era colaborar abiertamente con los estadounidenses para entregar a los miembros de su partido acusados de haber intensificado un pacto político con organizaciones criminales con la intención de adquirir poder, utilizándolas como brazos operativos electorales.
De alguna forma, tuvo la oportunidad de realizar una limpia de personajes sobre los que pesan serios indicios de cercanía con grupos delictivos, particularmente con el Cártel de Sinaloa.
El costo político de esa decisión habría afectado la gobernabilidad del país, pues muchos otros miembros se habrían sentido traicionados y expuestos por la jefa suprema de las Fuerzas Armadas, debilitando la red de complicidades que, de una forma u otra, le permite a su partido mantenerse y extender su poder político.
Negarse a exhibir y cooperar con los vecinos del norte arrinconó a la presidenta hacia una opción riesgosa, pero congruente con los valores que Morena pregona desde su fundación.
La presidenta optó por el segundo camino, uno que reafirma, de alguna forma u otra, su continuidad plena con el obradorismo y que conecta a la perfección con el discurso político que Morena ha planteado desde su creación. Dice Lakoff que el pensamiento político es moral, y no moral en el sentido ético clásico, sino como la expresión de un sistema de valores bien definido. En la jerarquía de valores morenista -una evocación moderna del nacionalismo revolucionario- la soberanía nacional ocupa uno de los primeros lugares. La historia de México para el expresidente, algo que expresa a la perfección en su carta de reaparición, es completamente dual, como ocurre en todo populismo: una batalla reduccionista entre conservadores y liberales. Los conservadores serían quienes hoy identifican como la derecha y se caracterizan por haber intentado vender la patria a los imperios; lo hicieron con Maximiliano y con Estados Unidos. Los liberales, en cambio, defendieron y construyeron una nación independiente y soberana. Claudia, discípula de Andrés, decidió defender a capa y espada a los miembros de su movimiento y, para evitar que la oposición mantenga en la narrativa nacional la verdadera cuestión de fondo -la posible alianza entre el crimen organizado y ciertos políticos de Morena-, cambió el enfoque del debate para convertir esta disputa en una batalla entre traidores a la patria y el pueblo bueno. La intención es evitar que se siga hablando del crimen organizado, su expansión territorial y los narcogobiernos. Mientras tanto, Estados Unidos, al olfatear la estrategia del gobierno mexicano, mantiene con firmeza que su única labor en México es combatir a los cárteles de la droga, hoy denominados organizaciones terroristas, poniendo en el centro no la relación bilateral con nuestra nación, sino las terribles afectaciones que el tráfico de drogas a través de su frontera sur ocasiona a sus ciudadanos. El parteaguas para entender lo que vendrá en el país ocurrió el 31 de mayo en el Zócalo. En un evento partidista para conmemorar los dos años de gobierno de la doctora, la presidenta pronunció un discurso que mantendrá durante todo su sexenio, sin concesiones. Se radicalizó. Lo hizo victimizándose y acusando de injerencismo a la ultraderecha internacional en colusión con los partidos de oposición del país, repletos de traidores a la patria. Lo que pase de aquí en adelante será presentado como una jugada política para debilitar a su movimiento y al pueblo de México, y no les quedará otra a los buenos mexicanos que resistir. La idea de que los norteamericanos no quieren combatir al crimen organizado, lo único que buscan es hacerse del control del país, ha quedado instalada entre sus seguidores y, con ella, se intentará deslegitimar cualquier acción o decisión de Washington. Sheinbaum ha decidido convertirse en un emblema nacional e internacional de resistencia frente al imperio yanqui. Prevé que la ola de acusaciones no terminará y, ante ello, prefirió apelar al enemigo común, así como al resentimiento y la animadversión que durante décadas se han gestado en Latinoamérica contra los poderosos imperialistas para, de alguna forma u otra, consagrar a su movimiento y a su persona como una líder mundial de la resistencia y del patriotismo (o matriotismo). La presidenta ya decidió el camino. No sé si lo hizo por el bien de su partido o por el bien de su país.