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El arte oficial de mentir
Opinión de
Se le atribuye a Mark Twain la frase “Una mentira puede recorrer medio mundo antes de que la verdad se ponga los zapatos”. Sin embargo, en el caso del derrame en el Golfo de México se los puso y con relativa velocidad. La verdad y la mierda dicen, siempre flota. Y vaya que flotó: oscura, viscosa y desaseada como es la costumbre en las mentiras del régimen. Un derrame de hidrocarburo que durante semanas infestó las costas de Veracruz y Tabasco mientras el gobierno buscaba afanosamente a un barco fantasma al cual culpar. El problema con los fantasmas es que no existen. Y el problema con las mentiras es que la verdad eventualmente sale y flota.
Pemex, la joya de la corona de espinas de la soberanía energética nacional, fue finalmente señalada el pasado 16 de abril como la responsable del mega derrame que convirtió el Golfo de México en un experimento de química industrial no autorizado. El derrame se originó por una fuga en un oleoducto de 36 pulgadas en la zona de plataformas del complejo petroquímico ubicado en Abkatún, en lo que las autoridades tardaron semanas en admitir. Semanas en las que, hay que decirlo, el ecosistema marino no esperó pacientemente la versión oficial.
El camino absurdo recorrido, desde la negación hasta la confesión fue grotesco, un simple lodazal. Basta recordar al personaje de Chespirito “La Chimoltrufia”. Primero no hubo derrame. Luego sí hubo, pero fue un barco sin nombre, sin bandera y detalle menor, sin existencia verificable. Después aparecieron las “filtraciones naturales”, esa coartada geológica tan conveniente como inverosímil. Apenas el 31 de marzo, la presidenta salió a defender la versión del barco y las chapopoteras naturales, mientras diecisiete organizaciones ambientalistas ya gritaban lo que el gobierno no escuchaba: que las instalaciones de Pemex eran las responsables.
Víctor Rodríguez Padilla, el académico de la UNAM que la presidenta eligió para rescatar a la petrolera más obesa y endeudada del planeta, compareció ante los medios con una narrativa que, si no fuera trágica, sería irrisoria. Un capítulo más en la tragicomedia mexicana. El director de Pemex aseguró que hubo “resistencia” e incluso la solicitud de tergiversar la gravedad del problema por parte de al menos tres directivos, quienes ocultaron la información sobre la fuga y sus alcances. En otras palabras: sus propios subordinados le mintieron, le ocultaron la catástrofe y le negaron información fidedigna mientras el petróleo corría libremente hacia el mar.
Me gustaría saber por qué nadie se atrevió a preguntar en la incoherente conferencia de prensa, ya que al parecer el director general de Pemex no tiene autoridad suficiente para que sus subordinados le reporten una fuga masiva de ocho días de duración. ¿Para qué sirve entonces el director general de Pemex?
Los hechos y la realidad; esos que tanto incomodan al régimen: el cierre de la válvula principal se realizó el 14 de febrero, ocho días después de que se detectó la fuga el 6 de febrero. Ocho días. En ese tiempo, una persona promedio habría tenido tiempo de tramitar su pasaporte, hacer tres viajes al SAT y ver completa una temporada de su serie de preferencia, tal vez exageré en los viajes al SAT, esos si pueden tomar más tiempo. En esos ocho días, los operadores de Pemex, en cambio, emplearon ese valioso tiempo en no reportar nada, no cerrar nada y no hacer nada que pudiera interrumpir el flujo tranquilo del hidrocarburo hacia el ecosistema marino.
Al estilo Segalmex y el huachicoleo fiscal, conocemos el desenlace: se sacrificaron tres funcionarios de rango medio, fueron separados de sus cargos por no reportar a su debido tiempo las fugas en el oleoducto. Tres cabecitas en charola de plata, ofrecidas con la solemnidad que requiere el ritual político mexicano de la rendición de cuentas selectiva. La Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente presentó una denuncia ante la Fiscalía General de la República contra quien resulte responsable, les debe dar mucho miedo, en un país donde la impunidad oscila entre el 99 y 99.5 por ciento. Habrá que ver si “quien resulte responsable” resulta ser alguien con suficiente poder como para ir a prisión previo juicio o si, en la mejor tradición nacional, resulta ser alguien con suficiente anonimato como para desaparecer del mapa.
Lo cierto es que este deporte burocrático de mentir no es un delito per se, imagínense si fuera delito, no habría diputados ni senadores libres, tampoco funcionarios del Ejecutivo, y ahora del Judicial tampoco. Estos tres funcionarios de medio pelo sacrificados, en el mejor de los casos, son engranajes de una maquinaria más compleja. En el peor, son el fusible que alguien decidió quemar para que el circuito del poder no se interrumpa. El daño ambiental no se compensa con tres destituciones y una denuncia ante una Fiscalía cuya independencia es materia de fe, no de evidencia, en el mejor de los escenarios. Diecisiete organizaciones acusaron a las autoridades de mentir sobre las causas del derrame desde el principio, y la historia les dio la razón con una puntualidad que el gobierno no tuvo para reportar su propia catástrofe. Entre otras cosas, una Pemex quebrada, sobreendeudada e incapaz de rendir cuentas a sus propios directivos, eso ya lo sabíamos. Lo que sí es nuevo, es negar un derrame hasta que el petróleo llega a la playa. Los afectados son el Golfo, las tortugas, los manglares y los pescadores de Veracruz y Tabasco también. Todos los mexicanos y habitantes del planeta. La pregunta es si alguien en Palacio Nacional lo sabe, o si prefiere seguir mintiendo o bien, buscando ese barco fantasma que creen les sirvió durante semanas como explicación de todo, y responsable del desastre. Bueno, tal vez culpen a Felipe Calderón. POR JOSÉ LAFONTAINE HAMUI ABOGADO