Opinión de Isael Pérez Olivier
En Tlaxcala, la presencia de narcomantas reflejan nuestra cruel realidad. Las más recientes, halladas en Apizaco, Santa Cruz y en la propia capital del estado, no son hechos aislados ni un simple acto de propaganda criminal —son, la evidencia palpable de que el crimen organizado ya echó raíces en la entidad—. Esos mensajes, colgados por grupos delictivos, no dejan lugar a dudas sobre su presencia y su capacidad de intimidación, por tratarse de claras advertencias dirigidas tanto a grupos rivales como a la sociedad, y al mismo tiempo, son un desafío directo al gobierno de Lorena Cuéllar Cisneros. Ni más, ni menos.
Sí. Damas, caballeros y personas de los géneros no binarios, aunque lo más alarmante del asunto no es solo la existencia de esas mantas, sino el contraste con el discurso oficial. ¡Ajá!, me refiero a esa cantaleta gubernamental que reza: “Tlaxcala, es el estado más seguro del país”, frase que se repite incansablemente para distorsionar la realidad, cada vez que la prensa revela la presencia y desmantelamiento de narcolaboratorios, o la operación y captura de líderes de células criminales en operativos federales y cuando se registran los macabros multihomicidios relacionados con el crimen organizado. Entonces, ¿cómo puede hablarse de seguridad cuando los criminales se sienten con la libertad de marcar diversos municipios como su territorio?.
Y no. No se trata de ser fatalista, pero los narcomensajes no son un tema menor. En otras entidades del país han sido preludio de escaladas de violencia, de disputas sangrientas entre cárteles y de la infiltración del crimen en las instituciones locales. Y que aparezcan en Tlaxcala, debería encender todas las alarmas, porque significa que los grupos delincuenciales ya no se limitan a operar en la sombra —sino que ahora buscan visibilidad, reconocimiento y control social—.
¡Híjole!, no sé, pero dicen que cuando el hampa se exhibe públicamente, es porque se siente protegida por el velo de la impunidad. Y creo que sí, porque a pesar de los esfuerzos gubernamentales por hacer pasar como simples hechos aislados las actividades de las células delictivas, siempre serán un recordatorio de que el crimen organizado no necesita grandes territorios para expandirse. Y para sorpresa de nadie, Tlaxcala, por su tamaño geográfico y su ubicación estratégica, es un punto atractivo para el narco, al tratarse de un lugar de paso, de almacenamiento y de control logístico; por lo tanto, negar esa realidad es cerrar los ojos ante un problema que puede crecer hasta desbordarse.
Entonces, sí, el contraste es brutal. Por un lado, va la perorata gubernamental que presume estadísticas favorables y coloca a Tlaxcala como ejemplo nacional; y en sentido contrario, la realidad que se impone con mantas que anuncian control territorial, amenazas y la presencia de organizaciones que operan a plena luz del día.
Es más, ese discurso oficial triunfalista que tanto ocupan, podría tener sentido si se tratara de un reconocimiento sobre la baja incidencia delictiva en comparación con otras entidades sin tomar en cuenta población y territorio, pero cuando se convierte en dogma y se usa para negar hechos concretos, se transforma en una mentira peligrosa.
Esta vez, ya no basta con negar los hechos y el gobierno debería explicar cómo es posible que, en Apizaco, en Santa Cruz y en la capital del estado, aparezcan esos mensajes sin que haya responsables detenidos en pleno despliegue del operativo “Cero Tolerancia” y con la operación de miles de videocámaras a cargo del C5i, que le costaron miles de millones de pesos al erario estatal.
Insisto, la seguridad no se mide solo en cifras, sino en la percepción ciudadana y en la capacidad del gobierno de garantizar que las calles no sean tomadas por el crimen organizado. Pero jamás, a través de la repetición de un eslogan, como si la propaganda pudiera borrar las visibles huellas que dejan a su paso los grupos criminales.
En resumen, ese discurso facilón “del estado más seguro del país” parece describir un universo paralelo. Uno, donde Tlaxcala es un oasis de paz y un territorio ajeno a la violencia que desgarra al país. Pero —por más que se recurra a esa falacia— la falsa narrativa no resiste la prueba de la calle. Y esto es así, porque los ciudadanos saben que la extorsión, el narcomenudeo y los homicidios van en aumento. Saben que las mantas no son inventos ni montajes, sino mensajes reales que reflejan una disputa criminal en curso. Y saben —sobre todo—, que el silencio de las autoridades frente a estos hechos es tan preocupante como las mantas mismas.
Ojalá que este momento sea un parteaguas en materia de seguridad, en el que la administración estatal reconozca —con todas sus letras— que el narco ya está aquí y que su presencia contradice su discurso oficial. Ahora, que si el gobierno insiste en negar lo evidente, lo único que logrará es que los ciudadanos se sientan abandonados y que los criminales se fortalezcan.
Lamentablemente, mientras los narcomensajes sigan apareciendo y la demagogia oficial siga negando su existencia, la brecha entre la realidad y la propaganda se hará cada vez más grande. Y en esa brecha, lo único que prospera es el crimen organizado y el desprestigio político de Lorena Cuellar Cisneros, durante el ocaso de su sexenio.
¡Se tenía qué decir y se dijo!
Las breves de la semana…
¿Qué cómo va la interna de Morena?. Bueno, pues “Ana Goku”, sigue en los cuernos de la luna en las encuestas de opinión; mientras que “El Pañalón” por más que lo inflan con la estructura del gobierno del estado y los municipios, no logra avanzar en las preferencias. Óscar, está en calidad de desaparecido y Carlos Augusto, anda con toda la actitud. Hay otra, que anda violando todas las leyes electorales habidas y por haber, pero solo es pelusa de ombligo. Y nada más. En fin. Ya falta poco para saber de qué lado masca la iguana…
Hasta la próxima. Y ojalá para entonces ya hayan regresado a su lugar el asta bandera de la Plaza de la Constitución, que quitaron para defender a Rocha Moya de la solicitud de extradición de los Estados Unidos. ¡Pinches incongruentes!. Ah, pero eso sí, muy patriotas…