Quien no conoce la historia está condenado a repetirla…
Opinión de Isael Pérez Olivier
En 1998 la historia de la política local, dio un giro vertiginoso. El pacto entre las familias que mantienen hasta la fecha el cacicazgo del poder en Tlaxcala, se rompió. En aquel lejano año, el candidato al gobierno del estado por el Partido Revolucionario Institucional Joaquín Cisneros Fernández, fue traicionado por sus propios aliados que habían jurado mantener la línea sucesoria intacta y fue sacrificado para beneplácito de los dioses de la democracia. 28 años después en su obra autobiográfica, el cansado Cisneros relata su amarga experiencia y revela lo que por muchos años fue un secreto a voces: desde la cúpula del Gobierno de la República y del PRI, le habían hecho un traje a la medida para arrebatarle el sueño de ser —como lo había sido su padre— gobernador de Tlaxcala. Y todo, habría sido orquestado y operado por dos personajes siniestros que siguen moviendo los hilos para la próxima contienda electoral, a través del tráfico de influencias.
En ese tan remoto 8 de noviembre, era prácticamente imposible que la debacle priísta ocurriera. Y es que, mientras Joaquín Cisneros abarrotaba las plazas públicas y los estadios deportivos en sus eventos y cierres de campaña; Alfonso Abraham Sánchez Anaya, candidato común de la alianza PRD, PT y Partido Verde, no había logrado despertar el interés del electorado y se encontraba lejos de lograr el triunfo en las urnas. O al menos, eso era lo que destacaban los reportes político-electorales, tanto del partido como del gobierno, que informaban sobre la campaña del abanderado opositor.
Pero lo impensable, estaba a punto de ocurrir. A penas minutos después de las 18 horas de ese día y luego del cierre de las casillas receptoras del voto, sonó el teléfono de la oficina del Jefe de Prensa de Cisneros, Arturo Tecuatl Hernández. En esa breve llamada urgían su presencia en el Comité Directivo Estatal, ubicado a escasos metros de la casa de campaña del candidato del PRI.
Tecuatl, salió al trote junto con un eterno aprendiz de reportero, de apenas 22 años, que hacía las veces de secretario particular y que con el tiempo se convirtió en éste opinador de ocasión en Revista Portales. Al llegar a las oficinas del PRI, apresurados, se abrieron paso entre un hervidero de gente que se aglutinaba en su interior. Se dirigieron al despacho de Salvador Mata Primo, entonces dirigente estatal. Al abrir la puerta de la oficina principal, dos personajes les dieron la bienvenida, el delegado del CEN del PRI para Tlaxcala, Israel Soberanis Nogueda y Humberto Lira Mora, otro enviado especial.
Tras hacer una breve reseña de lo que denominaron como “una cerrada elección”, Israel Soberanis Nogueda, indicó, que, de acuerdo al infalible sistema de conteo rápido del partido a nivel nacional, Joaquín Cisneros Fernández había ganado la elección: “Por un punto. Pero chinguen a su madre, porque en la democracia hasta con un voto se gana o se pierde”, refirió con mucho entusiasmo, al mismo tiempo, que ordenó que se elaborara el comunicado oficial de prensa para informar a los medios de comunicación locales y nacionales sobre los resultados preliminares de la elección.
Y así se hizo. El comunicado se difundió, y en poco tiempo, la Avenida Juárez de la capital del estado, a la altura del restaurante “Las Cacerolas” —administrado por el entonces esposo de Lorena Cuéllar—, se atiborró de políticos y ciudadanos que buscaban felicitar a Joaquín Cisneros Fernández por su triunfo electoral; mientras, un mariachi ya entonaba las primeras notas musicales como parte del festejo.
Joaquín —rehén de su euforia— no tardó en salir a estrechar las manos y a fundirse en largos abrazos con quienes lo aclamaban ya como “Gobernador”. Pocos minutos después, se dejó llevar por esa multitud al parque, donde se concentraba otro nutrido grupo de personas que festejaba el virtual triunfo del candidato del oficialismo, con quien esperaban hacer la tradicional vuelta olímpica frente al Palacio de Gobierno.
Pero mientras eso pasaba, los escasos teléfonos celulares de la época no dejaban de sonar. Televisa y Tv Azteca, insistían en tener las primeras impresiones del ganador de la contienda electoral y la comitiva tuvo que hacer un corte al recorrido para evitar la estridencia de la música y de las porras e ingresó al lobby del Hotel Posada San Francisco para que Joaquín pudiera tomar las llamadas.
Atendió la primera, sin mayor contratiempo; pero, antes de tomar la segunda, la comitiva que lo acompañaba encabezada por su sobrino Fabricio Mena Rodríguez, lo dirigió apresuradamente a la puerta del hotel y de ahí directamente a la casa de campaña, ya con el rostro descompuesto. Los rumores se apoderaron del momento, aunque el más fuerte apuntaba a una llamada que le confirmaría a Joaquín que, aunque había “ganado la elección, no iba a ser gobernador”.
El final de esa historia, es de todos conocido. Alfonso Sánchez Anaya se convertiría en el primer gobernador de oposición en Tlaxcala con Ayuntamientos y un Congreso mayoritariamente priístas, lo que le complicaría el desarrollo de los primeros tres años de su sexenio. La explicación de los expertos en aquel entonces, fue que, en Tlaxcala, se había registrado un extraño comportamiento del electorado —que por primera vez— habría salido a votar, no en línea sino diferenciado y solo para el caso de gobernador. Dándole dos puntos porcentuales de ventaja al abanderado opositor. ¡Ay, ajá!.
Sí. Damas, caballeros y personas de los géneros no binarios, en el tablero del ajedrez político nacional, los números no son tan importantes como los acuerdos cupulares. En el juego de la democracia somos simples espectadores de los movimientos que hacen un puñado de personas que deciden el destino, no solo de Tlaxcala sino del país entero.
Y en el nuevo PRI, es decir, en Morena, se podría estar gestando una nueva versión del 98. Una en la que la puntera de las encuestas de la elección interna, no necesariamente podría ser la próxima gobernadora, porque, esas y otras decisiones, se toman en mesas chicas, en las que se ponderan los grandes intereses económicos y políticos por encima de cualquier decisión ciudadana.
Alfonso Sánchez Anaya, ya una vez se salió con la suya —y quizás— los astros se le podrían estar alineando para que luego de 28 años, lo vuelva a hacer, pero ahora para beneficiar a su vástago, y renovar así, ese pacto de continuidad en el poder entre familias.
¡Se tenía qué decir y se dijo!…
Hasta la próxima. Y la que entendió, entendió; y la que no, pues que le pregunte a quien tuvo el placer de operar ese asunto para Mariano Palacios Alcocer y para Ernesto Zedillo Ponce de León, desde la mismísima Cuna de la Nación, cuando tuvo el privilegio de gobernarla, a través de la más burda imposición de la que hemos sido objeto. ¿O me equivoco Don José Antonio?…