DE FRENTE… Ceresos: el crimen organizado con uniforme oficial
Opinión de Yazmín Calderón
“La justicia es como las serpientes: sólo muerde a los descalzos.”
-Eduardo Galeano-
En Tlaxcala ya no hablamos de sospechas: hablamos de pruebas. El escándalo del Cereso de Apizaco y Tlaxcala dejó de ser un simple video viral de un interno denunciando supuestos actos de extorsiones y amenazas; órdenes de homicidio, ahora se suma a lo anterior, la existencia de depósitos bancarios que confirman la red de corrupción encabezada por el exdirector Juan Antonio Martínez Guerrero y sus comandantes de confianza.
La denuncia de Ventura “N” destapa lo que todos intuían: desde 2023 fue víctima de cobros ilegales para poder trabajar en talleres o simplemente evitar represalias. Primero las cuotas se depositaban en cuentas anónimas, pero en 2024 la modalidad cambió: el dinero debía entregarse “en mano” al director. Y aunque intentaron borrar las huellas, hay pruebas tangibles: depósitos como el de 2 mil pesos en julio de 2024, a nombre del propio Juan Antonio Martínez.
Lo más grave no es la mecánica de la extorsión sistemática, sino la complicidad institucional. La Fiscalía Anticorrupción, encabezada por Gustavo Tlatzimatzi, ya tenía en sus manos las pruebas: fotos, transferencias, denuncias formales… y aun así, no movió un solo dedo. Esa omisión —deliberada, negligente o cobarde— lo convierte en cómplice directo de un sistema penitenciario podrido hasta la médula.
La amanza oficial:
Y mientras la corrupción queda expuesta, el Secretario de Seguridad, Alberto Martín Perea Marrufo, en lugar de proteger al denunciante y garantizar la seguridad de su familia, lanzó una advertencia pública:
“Si está mintiendo, habrá consecuencias”.
Ese mensaje no fue institucional. Fue una amenaza. Porque en un contexto donde un interno denuncia extorsiones, órdenes de homicidio y la participación directa de autoridades penitenciarias, lo último que Tlaxcala necesitaba era a un secretario fungiendo como juez y verdugo en cadena pública.
El resultado es demoledor: Los internos son obligados a delinquir por quienes deberían reinsertarlos a la sociedad, la Fiscalía ignora pruebas contundentes y por último el gabinete de seguridad prefiere intimidar antes que investigar. ¡Qué cosa!
Un Estado en descomposición, que supura pus.
El gobierno de Lorena Cuéllar prometió una “Nueva Historia”, pero la única novedad es que el Estado se derrumba a plena vista. Hoy los penales son fábricas de delincuencia, la corrupción tiene recibos en mano, y la ciudadanía vive atrapada entre un gobierno indolente y un crimen organizado que se alimenta desde dentro.
La pregunta que flota es brutal: ¿qué puede esperar el ciudadano de a pie si ni un penal puede garantizar seguridad?
La paciencia social tiene un límite. El riesgo de que se multipliquen los linchamientos y la justicia por mano propia está más vivo que nunca. Cuando la autoridad calla o amenaza, la gente explota. Y esa chispa puede incendiarlo todo.
La verdad incómoda
Los depósitos al exdirector, la complicidad de la Fiscalía Anticorrupción y las amenazas del Secretario de Seguridad pintan el cuadro completo: el sistema penitenciario de Tlaxcala no es un centro de reinserción, es una sucursal del crimen organizado administrada con dinero público.
Y la pregunta incómoda es inevitable:
Si así actúan contra un interno que se atrevió a denunciar, ¿qué nos espera a los ciudadanos que intentamos sobrevivir afuera?
El silencio ya no es opción. Tlaxcala merece instituciones limpias, funcionarios que sirvan y un gobierno que deje de esconder la podredumbre bajo inauguraciones estériles mientras el Estado se desangra desde dentro.
Desde esta trinchera se exige:
- A la Fiscalía General de la República, atraer el caso y abrir una investigación profunda sobre el Cereso de Apizaco y de Tlaxcala y acabar con la red de corrupción que lo sostiene.
- A la Presidenta con “A” de mujer: Claudia Shembau, que deje de guardar silencio y se pronuncie con firmeza, porque la seguridad de los tlaxcaltecas es de prioridad urgente.
La última y nos vamos….
Beatriz Gutiérrez Müller: de la “austeridad republicana” a la Moraleja.
“Exigías disculpas a la corona española… y ahora te asientas a vivir en Madrid, en uno de los barrios más lujosos de España.”
Sí, así es. Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del expresidente Andrés Manuel López Obrador, la misma que nos vendió el discurso de la memoria histórica, la misma que firmó aquella carta de 2019 pidiendo perdón a la corona española, ahora se muda al exclusivo barrio de La Moraleja, un enclave de millonarios donde las mansiones cuestan entre 5 y 20 millones de euros.
Lo escandaloso no es la mudanza en sí, sino la incongruencia y la hipocresía brutal con el discurso de la “austeridad republicana” que durante seis años se nos repitió hasta el cansancio. ¿De dónde saldrá el dinero para sostener esta vida de opulencia? Porque la cuenta no es menor:
Y mire Usted:
Residencia: compra o renta en uno de los barrios más caros de Europa, escuela privada de élite: para Jesús Ernesto, el hijo menor de López Obrador. Mantenimiento y seguridad: que en La Moraleja son de primer mundo (y de primer precio)., estilo de vida: restaurantes, viajes, ropa, choferes, todo lo que viene con mudarse a una de las zonas más exclusivas de Madrid.
Y aquí la pregunta que duele: ¿quién paga todo esto?
¿Será el nuevo gobierno de Claudia Sheinbaum, que nos prometió continuidad y honestidad?
¿Será la famosa “industria del chocolate” de los hijastros?
¿O acaso saldrá de una pensión del Bienestar para mujeres de 60 años?
¿O de alguna beca de “Jóvenes Construyendo el Futuro”?
La incongruencia es obscena: mientras millones de mexicanos siguen sobreviviendo entre carencias y programas clientelares, la ex primera dama se instala en un palacio europeo disfrazado de austeridad.
¿No se suponía que el poder era para servir y no para servirse?.
Hoy más que nunca la transparencia es obligación. La ciudadanía merece saber cómo se financia esta vida de lujos, porque si la 4T nos pidió vivir con “lo necesario”, no puede ser que sus figuras más visibles se acomoden en la abundancia extranjera.
La pregunta queda en el aire, con un tufo de burla al pueblo:
¿austeridad para el pueblo y opulencia para los suyos?
Y hoy, lunes muy temprano se publica la “aclaración” que no aclara nada.
Beatriz Gutiérrez Müller salió a escena con una carta que, en teoría, debería ser una aclaración a las publicaciones de El País y otros medios internacionales, nacionales y locales sobre su estancia en España y las dudas en torno a su situación diplomática. Pero lo que terminó entregando no fue un desmentido, sino un desahogo visceral.
Su pluma no construye argumentos ni aporta pruebas, se limita a repartir culpas y descalificaciones. Arremete contra la prensa como si fueran enemigos jurados, los llama “calumniadores profesionales” y “mafia del poder”, y en el mismo respiro asegura que no está metida en política. Contradicción de manual: quien verdaderamente está fuera de la política no escribe comunicados cargados de rabia política.
Y ahí está el verdadero problema: a Beatriz le gana el hígado. Le gana la ira. En vez de aclarar con documentos o hechos concretos dónde vive, cómo solventa su estadía o qué rol juega en España, se enreda en lo mismo que ha sido la marca de la casa de Palacio Nacional: victimizarse y atacar al mensajero.
La escritora, que presume independencia, termina confirmando que es tan política como el propio “loco hermoso” —así lo llama con cariño— con quien comparte no solo vida, sino narrativa. Esa narrativa absurda de resistencia eterna contra un enemigo invisible, en donde todo se reduce a buenos contra malos, al pueblo contra los medios.
Lo más grave es que con este comunicado no sólo evade dar respuestas, sino que ofrece combustible a la duda: porque quien nada debe, nada teme… y quien tiene pruebas, las muestra. Ella, en cambio, se refugia en sentimentalismos, menciona a su hijo, repite el amor a AMLO, y cierra con frases de consigna.
La conclusión es simple y lapidaria: Beatriz salió a “aclarar”, pero no aclaró nada. Absolutamente nada.
Moraleja:
Quienes predicaron la austeridad terminaron viviendo en La Moraleja;
los que juraron defender al pueblo, hoy defienden su mansión; y los que pidieron perdón a España… terminaron besándole la mano.
En política, la verdadera moraleja es simple:
la austeridad siempre es para el pueblo, nunca para los poderosos.
¡Estamos fregados!
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