Señorío Tlaxcalteca… La opacidad oficial y el intento de control narrativo
Opinión de Martín Ruiz
En el panorama mediático mexicano, la frase «relación tóxica» entre gobiernos y prensa resuena con una familiaridad amarga, incluso triste, sobre todo en estados como Tlaxcala. La reciente declaración del vocero oficial del gobierno local, Antonio Martínez Velázquez, sobre esta supuesta toxicidad y la necesidad de «regular y transparentar» los convenios de publicidad oficial, enciende las alertas: existe un intento de trastocar la libertad de expresión y el derecho a la información de las personas.
La pretendida claridad en la relación gobierno-medios de comunicación tiene, en realidad, el tufo a estrategia de control.
Le tengo algunas preguntas que hacer al Señor Vocero: ¿De verdad el gobierno de Tlaxcala está dispuesto a levantar el velo? ¿Informará con detalle cuánto paga oficialmente y «en lo oscuro» a los principales impresos, a sus directores de manera directa, y a los supuestos «seudo editorialistas» que operan como porristas a sueldo? ¿Revelará el costo de la creación de los ya evidentes medios de comunicación apócrifos y cuentas oficialistas que pululan en las redes sociales para manipular la opinión? ¿O pretende tener la potestad del manejo de bots para aplaudir a su Jefa?
La historia, amable lector, nos enseña que el llamado a la transparencia, proveniente de quien detenta el poder, a menudo es sólo el preámbulo para un intento de renegociación del silencio. Embute, moche, chayote, untada, cañonazo, alfadía, mordida, pululan en la mente del titular de la comunicación oficial.
La reflexión se extiende al ámbito federal y a los gobiernos estatales del partido en el poder. La proliferación de conferencias cotidianas o semanales, presentadas como ejercicios de rendición de cuentas, son, en esencia, un esfuerzo persistente por controlar la narrativa, bajo el lema de que «se hable solo de lo que nosotros queremos”, que, en el caso de Tlaxcala, es que “todos coincidan en que vivimos en el paraíso terrenal”.
Lo único que sí son estas prácticas de comunicación oficial son burdas trincheras de prensa desde donde la autoridad busca imponer su versión de los hechos, intentando desplazar la realidad que, para la mayoría de los ciudadanos, está saturada de inseguridad, violencia, corrupción, tráfico de influencias e impunidad.
Cuando el vocero tlaxcalteca habla de una relación tóxica, quizá se refiera a que su dinero, más bien el dinero público, no ha comprado el silencio absoluto. La toxicidad, para el poder, es que, a pesar de los convenios millonarios, algunos medios (solo algunos, cabe reconocer) aún se atreven a informar sobre la realidad que la administración estatal preferiría mantener oculta. Y cuando no pueden ocultar la realidad de las corruptelas y la opacidad en la que se desempeñan, entonces reservan legalmente la información por lustros por razones de “seguridad estatal”.
La columna completa, aquí:
La opacidad oficial y el intento de control narrativo – Señorio Tlaxcalteca