Aquí lo advertimos durante años.
Una advertencia que, en la más reciente semana, se convirtió en realidad: un golpe de Estado ordenado por el propio presidente mexicano.
Sí, un golpe a la división de poderes, a la civilidad política, a la legalidad y, sobre todo, un golpe mortal a la democrático, que fue demolida por el INE y por el Tribunal Electoral.
¿Y por qué y para qué tal ilegalidad?
Poca cosa; para aprobar un puñado de reformas que degradan al Estado; destruyen la trasparencia, ocultan un descomunal saqueo oficial, le arrebatan al ciudadano derechoso y libertades fundamentales, y concentran el poder en unas cuantas manos.
En rigor, el bodrio legislativo ordenado desde Palacio –el golpe de Estado–, cumple todas las características de una atrocidad cometida por el propio presidente mexicano.
Y es que, la tradición francesa define al “golpe de Estado” como “una violación deliberada de las normas constitucionales, llevada a cabo por un gobierno, por un Congreso o por un grupo de personas que detentan la autoridad”. (Bobbio, Diccionario de la Política, pg. 724)
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