El tirano secuestrado
Opinión de
Llamemos las cosas por su nombre, queridos lectores: lo sucedido en Venezuela el fin de semana pasado es un atropello al derecho internacional, a los principios elementales de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, a la Carta de la OEA y, muy probablemente, también a numerosas leyes estadounidenses.
Me responderán algunos que todo lo anterior se justifica porque fue para liberar a Venezuela de las manos de un sátrapa, pero no es así. Y no lo es por varias razones: primero, porque todos los cómplices y secuaces del sátrapa siguen ahí, en el poder. Segundo, porque ningún país tiene el derecho ni la atribución de ir por el mundo quitando y poniendo gobiernos o mandatarios. Tercero, porque hasta el descaro sienta un precedente gravísimo. El que ya ni siquiera se intente disimular la motivación detrás de estos actos significa que, de ahora en adelante, cualquiera que tenga el poderío suficiente puede hacer lo mismo en su propia zona de influencia, en “su” hemisferio.
Nada de lo anterior es poca cosa. El Estado de Derecho y el Derecho Internacional son las únicas armas que tiene el débil frente al poderoso. Quienes en México criticamos la reforma al Poder Judicial lo hicimos precisamente por ello, por la importancia de que la justicia no se determine desde el poder. Pero aun quienes la apoyaron estarán de acuerdo en que, si el poderoso es quien determina lo que es o no justo, no hay manera de garantizar que el poderoso sea justo.
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