Hacer el ridículo
Opinión de
Hemos llegado a una fase ridícula de la vida pública del país. En estos días nos enteramos de decisiones que pueden ser ridículas. Según la IA (Perplexity), lo ridículo es “una cualidad que provoca placer humorístico y se caracteriza por una incongruencia o desproporción relacionada con alguna presunción o vanidad (…) Lo ridículo ocurre cuando los hechos contradicen claramente una presunción o vanidad, lo que provoca humor”. El humor y la broma pueden ser algo muy serio, como escribió Kundera, una evidencia que simboliza un contexto donde las instituciones tuercen su función para proteger, encubrir y reproducir el poder.
Se multiplican los casos del ridículo público: en el Tribunal Electoral, su sala superior, que está integrada por dos magistrados que cumplen con su trabajo de jueces (Otálora y Reyes) y tres magistrados que están a las órdenes del gobierno morenista (Soto, Fuentes y De la Mata). No son una novedad las correas de transmisión del poder hacia el Tribunal, ahora la diferencia es el extremo ridículo al que hemos llegado. La presidenta de ese organismo niega la evidencia de las sentencias sobre los famosos acordeones de la elección judicial. No se niega su existencia, pero sí se argumenta contra las impugnaciones: dice que no se sabe “quién los hizo”, cómo se distribuyeron, tampoco quién los pagó, por lo tanto, no se admite que se afectó el voto. Hubo una abierta manipulación, operativos de votación, así como antes eran los acarreos para sufragar, pero ahora fueron con acordeones. Hubo una inducción del voto.
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