Señorío Tlaxcalteca… Habrá continuidad o un desmantelamiento del lorenismo
La discusión surrealista sobre la corrupción
Historia de
En recientes semanas, se ha profundizado aún más la discusión pública en torno a la creciente y cada vez más cínica corrupción que permea en todas las estructuras gubernamentales, en todos los niveles de gobierno. El vergonzoso caso Rocha Moya es el episodio reciente que más reactivó el tema, por el altísimo nivel de compenetración que reveló del crimen organizado con la más alta silla del gobierno estatal de Sinaloa.
Pero no es, por mucho, el único caso. Tan solo unas semanas antes se reveló la estancia, por demás irregular, del hijo del Secretario de Economía en la Embajada de México en Reino Unido. Que, aunque de naturaleza distinta, también es un abuso de los recursos públicos para beneficio personal. Por más que el Secretario lo niegue, el hecho fue indebido y contrario a la integridad que dice abanderar la 4T. Tanto, que ameritó la declaración de una revisión histórica de los protocolos para la operación de las representaciones de México en el exterior, y un expediente en la Secretaría de Anticorrupción, dirigida por su némesis. Y tan solo unos días después del escándalo Rocha Moya, salió a la luz la sentencia contra un grupo de exdirectivos de Segalmex por el famoso robo multimillonario durante el sexenio pasado a esa institución. Eso sí, sin tocar a la principal cabeza y operador, dada su cercanía con AMLO. En los años recientes, no han sido ni pocos ni aislados los casos de corrupción a nivel federal, estatal y municipal de funcionarios emanados de las filas de la purificadora 4T. De hecho, son cada vez más los episodios que se van conociendo, con nula reacción tanto de Morena como del gobierno. La primera y única señal que se ha tenido es la reciente declaración de la recién nombrada dirigencia nacional de Morena, a raíz del escándalo Rocha, de revisión profunda, en colaboración con la FGR, a todos aquellos que busquen una candidatura en los comicios de 2027 para evitar sorpresas. Falta ver si esta promesa será cumplida, y si efectivamente Morena logra tener un número importante de candidaturas libres de sospechas y vínculos mal habidos. Mientras tanto, la declaración ya está, evidenciando la presión social y el riesgo que representa. Todo esto ha sido como un regalo caído del cielo para partidos de oposición y todas las típicas voces críticas del gobierno y la 4T.
Algo que, en su visión, les da un respiro y la posibilidad de ganar terreno entre la sociedad.
Y en principio, así podría interpretarse. Tanto escándalo de corrupción morenista debería implicar un golpe fuerte al oficialismo y una ventana muy anhelada para un reposicionamiento de la oposición y la validación de todos los comentócratas que tanto señalan a la 4T. Sin embargo, esto no está sucediendo en los hechos. Sí hay un enojo hacia la 4T, primeramente entre quienes siempre han estado en su contra, pero también en un incipiente aunque en apariencia creciente sector de la población que está desencantado. Pero no hay evidencia de que este momento esté beneficiando de manera significativa ni a la oposición ni a las narrativas construidas en contra de Morena y la 4T.Y la razón es muy sencilla. La población ha quedado atrapada entre dos fuerzas muy claras: los cada vez más corruptos de la 4T y los corruptos que tanto se excedieron del PRI, PAN, los regímenes previos a 2018, y aquellos naranjas como el nuevoleonés que tan buenos salieron para la uña. El debate está perdido, por todos los bandos. El gran problema es que ninguno realmente tiene ni argumentos ni legitimidad suficientes para criticar al otro bando, sin morderse la lengua en el intento. Puesto de otra forma, nadie está libre como para tirar la primera piedra. Lamentablemente, por el lado oficialista los argumentos son por demás desatinados. En el caso de Rocha, envolverse en la bandera y pedir más pruebas sobre un personaje deleznable de quien están más que acreditados públicamente sus excesos y abusos. Tratar de tapar el sol con un dedo en el caso de los más que acreditados desvíos de recursos en Segalmex, en las fallidas obras faraónicas como Dos Bocas o el Tren Maya. O hacer mutis en el uso de dinero ilegal en muchas de sus campañas, y en un sinfín de licitaciones de sus gobiernos estatales.
Y por el lado de la oposición, gritos y señalamientos, sin tener el menor recato de lo que se hizo antes. Los acreditadísimos casos de incremento desproporcionado de la corrupción en el calderonismo y el peñismo, con temas tan concretos como la Casa Blanca o García Luna. La lista interminable de gobernadores amantes del dinero público como el blindado Rodrigo Medina, o Duarte, o Padrés, o Ramírez Acuña, o el larguísimo etcétera de los 2000s. Sin olvidar por supuesto los actuales como Nuevo León o recientemente en Jalisco. Todos los signos, todos los colores. Y cómo no mencionar el manejo financiero de todas las dirigencias partidistas actuales. Desde PRI y PAN, hasta Morena PT o el PVEM, sin saltarnos MC. No olvidando el desarrollo de las campañas presidenciales de 2024, al más puro estilo de las del resto de los 2000s. En medio de todo esto, las múltiples plumas y columnas de un lado y de otro. Los críticos acusando, sin reparo en su simultáneo apoyo a lo más cuestionable de la oposición. Los oficialistas, haciendo malabares y maromas para validar las insostenibles posturas gubernamentales. Mientras tanto, en la discusión pública parece ausente una reflexión más seria sobre el profundo y enraizado cáncer de la corrupción, que busque más cómo ir a sus históricas causas y buscar un cambio de fondo a este problema cultural (de los poquísimos comentarios atinados de Peña). Urge en México separarnos de las filias y las fobias políticas y económicas, para detonar un debate real sobre la corrupción como uno de los principales pilares de nuestros rezagos.
Por entender cómo llegamos a donde estamos, qué no debemos permitir que se repita, y qué hacer para corregir. Quedarnos en lo que hay de señalar a diestra y siniestra y lucrar con los escándalos, es perpetuar el problema y alejarnos cada día más de una posible solución. Que, dicho sea de paso, no será ni rápida ni sencilla. Y menos, si seguimos la ruta actual, en la que ningún bando está libre de culpa.
No se trata de pelear por quién ha sido más corrupto, sino por quién está dispuesto a corregir ya.