Desde los tiempos en que López Obrador dibujó una potencial candidatura presidencial –en el año 2000–, aquí dije que el tabasqueño sería un peligro para México, para su naciente democracia y para todos los mexicanos.
En esos tiempos muchos fanáticos lopistas me insultaron y hasta me llamaron loco.
Luego le puse nombre y apellido a los afanes dictatoriales de Obrador, cuando dije que intentaría llevar a México al modelo de dictadura venezolano y cuando advertí que “Andrés Manuel” –como le dicen sus feligreses–, intentaría convertirse en el Chávez o el Maduro mexicano.
Para entonces el enojo de los lacayos lopistas ya era una patología y, por eso, pretendieron callarme por todos los medios posibles.
Hoy, cuando López Obrador prácticamente ha destruido la democracia mexicana; cuando compro al INE y al Tribunal Electoral; cuando orquestó una elección de Estado, cuando violó la Constitución para darle a Morena una ilegal sobrerrepresentación en el Congreso, cuando intenta desaparecer instituciones autónomas como en INAI y cuando pretende el control total del Poder Judicial, abundan las voces que se llaman a sorpresa y que admiten, a regañadientes, que estamos a las puertas de una dictadura como la venezolana.
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