Señorío Tlaxcalteca… ¿Quién será la candidata o candidato de Morena
Opinión de Columna Invitada
La imagen de la tómbola empleada por los senadores para determinar qué funcionarios del Poder Judicial perderán su trabajo es, en efecto, muy poderosa. Y no sólo por sus asociaciones culturales con los sorteos de la Lotería Nacional y la canción de Augusto Algueró sino por la forma en que su uso rebaja los asuntos de la República y el devenir de los ciudadanos a juego de azar.
Iré más allá: ante el desdén por el conocimiento y la experiencia como valores profesionales, el desprecio al diálogo en tanto código político y el regodeo priápico en la omnipotencia de la aplanadora, la festiva y caótica tómbola sirve de emblema a una clase política constituida casi en exclusiva por operadores. La Reforma Judicial no sólo fue originada sino también pensada y pergeñada desde el Ejecutivo; no tocó al Legislativo discutirla, enmendarla o siquiera procesarla sino apenas reunir los votos –por cualquier medio necesario–, garantizar los tiempos, dar vuelta a la manivela. Es, en efecto, una tómbola la vida del operador político, ése que se la rifa por su líder, a cuyo número juega todo su cariño.
La idea se me impuso mientras releía un librito que mucho me impresionó en el 2008 de su publicación, y que buena falta haría reeditar, y acaso actualizar. En Del crepúsculo de los clérigos (Terracota), Armando González Torres reivindica la figura del intelectual público, artífice de “una intervención analítica y moral capaz de alertar la conciencia y resguardar la dignidad y los derechos inalienables del individuo”. El autor identifica en el siglo XX dos filones de éste fenómeno: el independiente –ajeno a la militancia– y el comprometido –variedad de la que cita ejemplos que van de Sartre a Orwell a Paz.
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