Opinión de Jorge Alcocer V.
Cuenta la leyenda que a finales de diciembre de 1994 el presidente Zedillo perdió los estribos y a gritos maldijo la herencia de Carlos Salinas. Había estallado la crisis económica. Sus enormes costos, particularmente en el nivel de vida de las clases trabajadoras y en el empleo, se sintieron de inmediato y se prolongaron en los años siguientes. Eso impactó las preferencias de voto de grandes segmentos del electorado. En 1997 el PRI perdió la mayoría absoluta en San Lázaro. 3 años más tarde la presidencia.
La herencia de López Obrador a su heredera es peor.
La ficción de las “finanzas púbicas sanas”, propalada durante 5 años, se ha desmoronado como castillo de arena. Los ingresos tributarios son insuficientes para sostener el gasto federal, presionado por la imparable expansión de los programas de beneficencia pública y las mega obras inacabadas e improductivas, a lo que se agrega la sangría que para el erario significan PEMEX y la CFE, así como la corrupción que se expande bajo la la 4T. Maquillar la situación manipulando indicadores y proyecciones es un recurso digno del alcalde de la película la ley de Herodes.
El descuido y desorden con que inicia el nuevo gobierno están a la vista. “Por un error”, a la UNAM y al IPN le fueron recortados sus presupuestos para 2025. Un boletín de prensa corrigió el “error”. ¿Cuantos más se cometieron al decidir el proyecto presentado a la firma de la presidenta? Igual o peor situación provoca la vorágine legislativa que del 1 de septiembre a la fecha ha desfigurado buena parte de la Constitución y varias leyes, hasta dejarlas irreconocibles. Caso extremo es la reforma judicial y a la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, a la que me referí la semana pasada.
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