Opinión de Raymundo Riva Palacio
La guerra fratricida en el Cártel de Sinaloa comenzó tres semanas antes de que Claudia Sheinbaum asumiera la Presidencia, pero definirá todo su gobierno. La guerra está por cumplir tres meses el próximo domingo, con asesinatos casi a diario, y una creciente calidad de violencia y crueldad entre las dos facciones enfrentadas. Desde que inició su administración se estableció que Sinaloa sería la prioridad del gobierno, pero no están pudiendo contenerla, menos aún acabar con ella.
No se puede decir que se deba a falta de capacidad de fuego, sino a la dubitación presidencial sobre qué tanto y hasta dónde podría autorizar a las fuerzas federales para restablecer el orden, la paz y la gobernabilidad en el estado, sin que su mentor, el expresidente Andrés Manuel López Obrador, se sienta agredido por el contraste que harían los balazos frente a sus abrazos. Sheinbaum parece estar atrapada en la red de López Obrador y sus contradicciones entre lealtades y sumisiones.
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El análisis no debería ser político, pero lo es. Importa más Palenque que Sinaloa, cuando menos hasta ahora.
Mientras tanto, ya hubo 523 muertos entre el 9 de septiembre y el 28 de noviembre, de acuerdo con las cifras de la Fiscalía General de Justicia de Sinaloa y la Secretaría de Seguridad Pública estatal, 131 privaciones oficiales de la libertad -la cifra negra de secuestros, se estima en al menos tres veces más-, casi 60 balaceras y una crisis económica profunda. La estadística sigue subiendo, pero todos sus números tiene nombre y apellido.
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