El Bestiario…El incendio que cimbró a la 4T en Tlaxcala
Opinión de Edgar García Gallegos
El fuego en Atltzayanca arrasó con hectáreas de bosque, sí. Pero también redujo a cenizas el discurso triunfalista de un gobierno que presume cercanía, pero que en los momentos críticos demuestra una desconexión brutal con la realidad.
Mientras los campesinos, jóvenes y mujeres de la zona se organizaban con cubetas, ramas y valentía, la gobernadora Lorena Cuéllar sonreía en inauguraciones cómodas, bien lejos del humo, del calor y del miedo. ¿La tragedia? Allá, en el oriente. ¿Ella? Allá, en la capital, cortando listones. La escena lo dice todo: cuando más se necesitaba al Estado, el Estado estaba en otra cosa.
La indignación en redes fue inmediata y auténtica. “¿Dónde está la gobernadora?”, preguntaban cientos de tlaxcaltecas con rabia legítima. La respuesta institucional fue insultante: un video en vivo eliminado, un reel reposteadito sin comentarios activados y una visita tardía, fingida, sin alma ni respuestas… 24 horas después del infierno.
¿Nadie en Palacio de Gobierno pensó en hacer escucha social? ¿De verdad nadie previó que aparecer después de la tragedia, sin acciones concretas, solo prendería más fuego al enojo colectivo? No fue un error de agenda: fue un desastre de sensibilidad política. Lorena no llegó tarde: llegó mal. Y eso pesa. No se le acusa que su gobierno no haya hecho nada, sino de que no estaba al lado de los suyos.
La narrativa oficial colapsó. No ante bots. No ante “medios enemigos”. Cayó frente a ciudadanos de carne y hueso que ya no toleran más simulación. La crisis no la generaron los adversarios: la fabricó la soberbia, la improvisación, y esa absurda idea de que todo se resuelve con un video editado y una gira de selfies.
Porque lo que ardió no fue solo el bosque. Lo que se quemó —a ritmo alarmante— es un proyecto político sostenido en funcionarios foráneos e internos sin brújula. Hoy, los flamantes refuerzos en la Secretaría de Gobierno y Comunicación —uno traído de Morelos y otro importado desde la CDMX— han demostrado que no entienden Tlaxcala. Ni su gente. Ni su historia. Ni su carácter.
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