El Bestiario…Tlaxcala: la 4T. «Refuerzos. La legión foránea que no da resultados»
Opinión de Edgar García Gallegos
De entrada, no se trata de estar en contra de que no sean tlaxcaltecas, sino de resultados.
En el juego político, como en el fútbol, los refuerzos se fichan para marcar diferencia. Cuando se contrata talento externo, es porque se espera que resuelva, que rinda, que justifique su presencia con hechos. Sin embargo, en el gobierno de Tlaxcala, la legión foránea que ha aterrizado en posiciones clave del gabinete de Lorena Cuéllar parece estar más cerca del relleno que de la solución.
Desde el arranque de la administración, el discurso de la transformación prometía cercanía con el pueblo y sensibilidad local. Pero en la práctica, el equipo que acompaña a la gobernadora está plagado de figuras ajenas al estado: sin arraigo, sin compromiso y —lo más grave— sin resultados visibles. El argumento del “profesionalismo técnico” ya no convence. Porque no hay doctorado que funcione si no se entiende el terreno que se pisa, ni se respeta a quienes lo habitan.
Luis Antonio Ramírez, secretario de Gobierno, es el caso más emblemático. Para que pudiera ocupar el segundo cargo más importante del estado, el Congreso tuvo que reformar la Constitución. No fue Tlaxcala quien se adaptó a su talento, fue el marco legal del estado el que se dobló para que él pudiera formar parte del gabinete. ¿Y a cambio de qué? ¿De liderazgo? ¿De gobernabilidad? ¿De eficacia? La inseguridad y la crisis ambiental que hoy sacuden a la entidad responden por él.
En el gabinete existen figuras que hacen su trabajo sin mayor problema, principalmente porque conocen el estado y a sus actores. Pero hoy no hay operación política, que es precisamente la función esencial de la Secretaría de Gobierno. Tenemos a una gobernadora que acude a eventos sin saber si será recibida con aplausos o reclamos por las carencias cotidianas que sufre la población.
Otro caso revelador es el de Octavio Ortega, titular de Comunicación Social. Es el tercer vocero en lo que va del sexenio, pero ha sumido a la administración en la peor crisis de imagen y reputación. Una mandataria cuestionada en redes sociales, obligada a bajar transmisiones por el rechazo ciudadano, no habla bien de un gobierno que fue votado para marcar un cambio.
Ortega parece más ocupado en defender su imagen que en proteger la de su jefa. Hoy, la comunicación de Cuéllar es un caos absoluto. Pero como bien dicen: el problema no está en esa oficina, sino en quien despacha desde la Plaza de la Constitución. Es patético esperar resultados distintos cuando se insiste en hacer siempre lo mismo.
La columna completa, aquí: