Vértice Político… La honestidad también debería ser un requisito para ser juez
Opinión de Aurora Solís
Ahora que estamos en plena campaña para elegir a quienes ocuparán cargos en el poder judicial, hemos visto de todo: propuestas interesantes, discursos reciclados y, cómo no, también oportunismo disfrazado de vocación de servicio. Sin embargo, hay algo que me llama especialmente la atención y que no puedo dejar pasar: la actitud de un “candidato” a juez por el distrito judicial Sánchez Piedras, cuya conducta deja mucho que desear incluso antes de pisar el cargo que pretende ocupar.
Vecinos de la comunidad de San Gabriel Cuauhtla se han acercado a mí para expresar su preocupación —y con justa razón— por este personaje que, hace menos de un año, pedía el voto con insistencia para convertirse en presidente de comunidad. Decía estar profundamente comprometido con la gente, con el territorio, con el servicio público. Pero hoy, a escasos meses de asumir ese cargo, ya busca otro puesto, uno más alto, dejando atrás no solo sus responsabilidades sino también la confianza de quienes creyeron en su palabra.
Y no solo eso. Cuando los ciudadanos —los mismos que lo eligieron— le exigen cuentas, cuando le preguntan por qué ahora quiere otro cargo sin haber cumplido el primero, él los censura. Sí, los censura. Borra comentarios en las publicaciones de la página de la comunidad, bloquea a quienes lo critican y se indigna cuando se habla de él en voz alta. En lugar de asumir una postura digna, en lugar de responder con hechos, se dedica a pedir réplicas y a justificar lo injustificable.
Claro, ya me sé su guion de memoria: “Esa página no la manejo yo”, “desconozco del tema”, “no está en mis manos”. Pero lo que sí está en sus manos —o debería estar— es la honestidad, la congruencia, la rendición de cuentas. Quien aspira a ser juez debería ser el primero en respetar el derecho de las personas a expresarse y exigir transparencia. No alguien que silencia, bloquea o evade.
Hoy, la gente que confió en él lo quiere fuera, no por un tema político, sino por falta de ética. Porque no basta con saber de leyes para impartir justicia; hace falta, también, saber escuchar, rendir cuentas y tener la decencia de cumplir la palabra empeñada.
—000—