El arte de la mentira política
Pero, ¿conviene ocultar la verdad al pueblo por su propio bien, engañarlo para salvaguardarlo y no perder el control del poder? Al final, el ser gobernado también es ser sometido a una autoridad que piensa, decide, y actúa por nosotros con la premisa, de que la elección que decida para bien o para mal, será la correcta. En la urna, en la intención del voto, tachando el nombre del político es cuando firmamos ese contrato.
Decía Jonathan Swift, en una obra con el título de la columna de hoy, que existe una clasificación de falsedades políticas. La mentira calumniosa; que disminuye los méritos de un hombre público. La mentira por aumento; que los infla a pesar de sus deficiencias. Y la mentira por traslación; que traslada defectos y virtudes de un político a otro.
Casos para enunciar estas premisas tenemos de a montón.
Pero en todos estos casos, debe imperar una irrenunciable regla de oro para que esta mentira no rebase la línea del absurdo. Esta regla es la verosimilitud, pues nada peor que la exageración para derrumbar el castillo de papel que construye una mentira.
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