El que la hace la paga
Historia de
A la memoria de Ulises Schmill. Gran jurista y compatriota. Vaya diferencia. Hay un principio fundamental en toda sociedad funcional: quien incumple las reglas debe enfrentar consecuencias. Cuando este principio se respeta en forma sistemática, logramos sociedades sanas y con viabilidad. Cuando no, prevalece la impunidad. El cumplimiento se denomina orden y punibilidad; su ausencia es el caldo de cultivo para el abuso del poder.
Hablemos con claridad entonces. En México no hemos vivido normalidad desde fines de 2018. Morena partió de una serie de premisas electorales que hacían sentido entre el electorado cansado de gobiernos con prácticas corruptas e ineficiencias sociales. Con esa materia prima se ofrecieron salidas sencillas a problemas complejos y se pintó a los anteriores como los enemigos a vencer. Pero nunca se diseñaron programas reales para resolver las carencias del país. Solo ha habido frases y promesas, nunca resultados. El origen de Morena como partido data de 2013, cuando obtuvo su registro para competir en las urnas. Apenas en 2015 participó en elecciones y tuvo crecimientos muy importantes; para 2018 ganó masivamente. Ese ascenso vertiginoso requería ingredientes vitales: recursos económicos y operación local. Normalmente eso se logra gradualmente con trabajo y perseverancia, pero el fundador del partido no tenía el tiempo ni la paciencia para madurar por la vía institucional. Decidió entonces que para satisfacer sus ambiciones de poder se valía aceptar el apoyo de fuerzas oscuras, sin medir el costo para el país. Ahí surge el origen del pacto delincuencial como base de su crecimiento electoral. Con tal de llegar al poder, se entregaron a las mafias. Morena nace de la ruptura con el PRD y de la decisión de su fundador de crear un vehículo político sin restricciones internas. Pero no se quedó en simplemente generar una fuerza electoral más, sino en hacer una que fuera imbatible al costo que fuera. Es entonces que se acuerda el apoyo económico y logístico de organizaciones delincuenciales —principalmente del Cartel de Sinaloa y, más concretamente, del Chapo Guzmán y su estructura—, según las declaraciones de testigos protegidos ventiladas en procesos judiciales en EUA. En los hechos el rango de valores se invirtió: la nación pasó a segundo lugar. Los socios criminales se volvieron los acreedores a quienes se tendría que pagar el costo de su apoyo. Morena ganaría elecciones, pero entregaría la soberanía a quienes les permitieron ganar en las urnas. Un pacto peligroso y efímero desde su origen. En 2006 se hizo famosa la frase de que la persona que estaba nominada para la presidencia era un peligro para México. Y en ese momento hizo efecto entre el electorado para lograr que Felipe Calderón ganara la elección, aunque fuera por un margen pequeño. De ese escenario de gran preocupación se sustentó que en 2012 el candidato nocivo cayera aún más en las preferencias electorales. Y aquí es donde vino el cambio para crear Morena y los acuerdos con la mafia. Paralelamente, en el ciclo 2012-2018, se sumaron fuerzas empresariales al proyecto. Hubo grandes corporativos que se sintieron vulnerados por las reformas estructurales de 2013 y 2014 —particularmente la energética y la de telecomunicaciones— y decidieron impulsar al candidato de la oposición para eliminar los cambios legales que les minaban sus negocios principales. Una apuesta letal para el país como hoy sabemos. Pudo más su ceguera y avaricia que su responsabilidad con la nación en la cual han podido desarrollar sus negocios y rentabilidad. Una lección para la historia de lo que la clase empresarial no debe hacer. Y hay que decirlo ahora para no permitir que el error permanezca o se vuelva a repetir. Pero volvamos al pacto de Morena con los delincuentes, mismo que se oficializó con la proclama de “abrazos y no balazos”. Uno podría pensar que eventualmente dicho acuerdo tendría repercusiones intolerables en el territorio nacional. Y aunque algo así ha sucedido ante el devastador efecto de tener organizaciones que han compartido o ejercido el poder para lucrar en su beneficio (robos, derecho de piso, tráfico de personas, secuestros, etc.), el verdadero problema de dicha asociación vino desde fuera. No contaban con que desde EUA vendría la categorización de terroristas para los grupos delincuenciales, conforme a la orden ejecutiva presidencial y la legislación federal estadounidense en materia de apoyo material al terrorismo. Dicho cambio legal obliga a perseguir a estas organizaciones con todos los recursos de las autoridades de justicia de aquel país. El ataque frontal es la norma en EUA y no se puede ignorar. Y en forma destacada, toda persona que ayude, apoye, se asocie o no impida el actuar de organizaciones catalogadas como terroristas queda sujeta a responsabilidad penal y persecución bajo ese mismo marco legal. Es esa situación la que hoy tiene a Morena y toda su estructura contra la pared. Los saludos a la madre del Chapo, la convivencia en comidas con sus líderes, la liberación de delincuentes, los abrazos y no balazos, y la ocupación de cargos públicos de personas nominadas o entregadas a la delincuencia, han ahora provocado una escalada de intolerancia y persecución desde los EUA. En particular la justicia americana requirió la entrega de 10 personas del gobierno de Sinaloa, y en el proceso se entregaron ya 2 de esas personas para no exponerse a las sanciones y volverse mejores testigos protegidos. Eso no sucedería si hubiera inocencia y no hubiera realmente ilícitos a perseguir. Nadie se entrega a lo tonto. Ya no se pueden ahora esconder en narrativa.