Opinión de Roberto Rock Lechón
Este martes cobrará nueva anchura y profundidad la grieta que divide a la nación y sobre la cual se montó el movimiento obradorista bautizado como cuarta transformación, hoy a cargo del gobierno Claudia Sheinbaum. Ella inicia su mandato cuando en el horizonte se precipita una crisis -política, económica y social– de dimensiones nunca experimentadas durante una transición presidencial en la historia moderna de México.
Cuando todas las rutas de diálogo parecen clausuradas, mañana presenciaremos cómo un bloque significativo -quizá mayoritario- de ministros de la Corte se opondrá a la llamada reforma judicial. Decidieron doblar su apuesta en reflejo a lo que impone el oficialismo bajo la presidencia Sheinbaum. No es la primera batalla en este campo, y seguramente no será la última.
La perspectiva que sólo permite el tiempo indicará cuál de todos los actores implicados prefirió las bravuconadas a mostrar la mínima grandeza necesaria para pactar una Constitución que enfrentara nuestros rezagos, pero también preservara un régimen de contrapesos. Sabremos igualmente si la doctora Sheinbaum lideró en realidad este momento histórico, o no pudo contener el empuje radical que parece llevarla en andas.
Este mismo martes serán celebradas las elecciones presidenciales en Estados Unidos. No hay certeza alguna sobre quién ganará, pero sí se conocen las coincidencias en cuanto a las posturas de Kamala Harris y Donald Trump sobre México. Tras la hora de las urnas estadounidenses no surgirán buenas noticias para nuestro país, ni en materia económica -TMEC incluido-, de seguridad o migración. Mientras estamos hundidos y cegados por nuestra grieta, aquí nadie pregunta por nuestro lugar en la batalla global que está reordenando el equilibrio de poderes en el mundo.
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