La deuda social de la democracia
Opinión de
La abrumadora imposición de una sola voluntad política en la casi totalidad del Estado en un solo sexenio reclama la pregunta sobre la debilidad de las instituciones democráticas destruidas por el obradorismo. Por qué tenían tan débiles cimientos y qué deuda tendrán sus responsables frente a la historia son preguntas de reflexión obligada. Esta reflexión debería tener un lugar central en la resiliencia democrática para abrirse camino, y debe desplazar a las posturas reactivas concentradas exclusivamente en denunciar el avance autoritario sin siquiera despeinarlo.
La democracia mexicana no caló bien en el núcleo cultural de la vida política. Eso lo entendió muy bien López Obrador y usó el potencial autoritario y providencial de esa cultura para crecer como la espuma. De ese núcleo se desprenden actitudes y sensibilidades que corrieron en contra de la democracia. La eterna necesidad de una presidencia fuerte es uno de los rasgos que fueron inicialmente satisfechos por el candidato con botas, pero se mantuvieron como reserva del repertorio “ciudadano” y se reactivaron por carencias materiales y simbólicas. Vicente Fox jugó bien ese papel, cautivó a millones y convenció de dar vuelta a la página de 70 años de partido único. Sin embargo, con AMLO en campaña paralela permanente, los gobiernos subsiguientes no tuvieron la misma virtud ni supieron desplazar la preferencia por el presidencialismo con gobernanza democrática que atacase de fondo los problemas nacionales.
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