Ayer se terminó de morir el Poder Judicial, como lo conocemos. Ayer también se acabó la Suprema Corte como máximo Tribunal garante del espíritu de la Constitución y los derechos de los ciudadanos. Ayer se derrumbó un pilar de la democracia.
Ayer se murió la República como existía. Lo que vendrá será inédito. Vamos como país a terreno desconocido. Para los aplaudidores de la 4T, la elección de jueces, magistrados y ministros, nos dará un mejor Poder Judicial. La reforma que la aplanadora de Morena y aliados aprobó en tiempo récord, y cobijó con otra modificación constitucional —igualmente veloz—, la reforma de Supremacía constitucional, solucionará, han dicho, la corrupción, el nepotismo y la ineficacia en la impartición de justicia.
Ojalá tengan razón, pero se antoja difícil. Al contrario, lo aprobado sobre las rodillas parece encaminarnos a un pantano plagado de obstáculos. Para los críticos del régimen, estamos en la antesala de la “dictadura”. Se acabó la división de poderes, el sistema de contrapesos y la SCJN no será más que una oficialía de partes al servicio del Ejecutivo, que de por sí ya controla el Legislativo. Lo que veremos en el correr de los próximos meses será el caos.
La organización del proceso electoral será, además de muy costosa (poco más de 13 mil millones de pesos), en exceso caótica. Elegir a cientos de jueces, magistrados y ministros, colocando requisitos a ras de suelo (cinco cartas de recomendación de vecinos, “ensayo” de cinco cuartillas…) no permite ser optimistas sobre el perfil de quienes llegarán.
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