Opinión de
El filósofo bilbaíno, Daniel Innerarity, alerta en distintos ensayos acerca del populismo y los líderes populistas de nuestros tiempos. Al respecto analiza cómo el populismo emerge en contextos de descontento social y desconfianza hacia las instituciones. Aunque puede parecer una respuesta legítima frente a la crisis de representación política, el populismo plantea serios riesgos para la democracia al simplificar problemas complejos, polarizar a la sociedad y deslegitimar las instituciones democráticas.
Innerarity define el populismo como una reacción emocional que divide el mundo en “pueblo” y “élites”, ofreciendo una narrativa simplista en la que los problemas sociales se reducen a la existencia de enemigos internos o externos. Esta postura desprecia los matices de la realidad y promueve soluciones inmediatas que, lejos de resolver los problemas, los agravan. Asimismo, el autor enfatiza que el populismo explota las limitaciones inherentes a la política democrática: la lentitud en los procesos deliberativos, la incapacidad para responder rápidamente a las expectativas ciudadanas, y la complejidad de gestionar intereses diversos en un mundo globalizado.
Estas pinceladas conceptuales las podríamos ejemplificar fácilmente alrededor del orbe: Orbán en Hungría, Le Pen en Francia, Meloni en Italia, Milei en Argentina, López Obrador en México, Petro en Colombia, Erdogan en Turquía, Abascal en España, Maduro en Venezuela, Putin en Rusia o, por supuesto, Trump en Estados Unidos. No importa si se consideran de izquierda o derecha, incluso si creen que el debate del cartesiano político está agotado, el manual es el mismo: polarizar, simplificar, deslegitimar, crear enemigos “imaginarios”, generar narrativas de odio.
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