Señorío Tlaxcalteca… «Si los perros ladran…»
Opinión de Martín Ruiz
Alfonso Sánchez García cuestiona a opositores y se dice víctima de «guerra sucia».
En la política tlaxcalteca, como en el amor, no hay nada escrito.
La política en Tlaxcala ha entrado en una fase de turbulencia que desnudó, en un solo fin de semana, la fragilidad de un proyecto basado en el capricho y no en el consenso. El aparente control férreo que la actual jefa política de la entidad mantiene sobre la sucesión de 2027 ha sufrido un impacto de trayectoria frontal: el supuesto «freno de mano» impuesto desde la cúpula de la Cuarta Transformación en la Ciudad de México.
La reciente visita de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no solo trajo infraestructura económica, carretera y educativa, sino que dio lugar a toda clase de especulaciones con un no comprobado mensaje privado de orden que, según se dice, desplaza a Alfonso Sánchez García de la carrera por la gubernatura hacia una incierta candidatura a la diputación federal.
Durante meses, el aparato estatal se ha volcado en favor de Sánchez García. La estrategia es, a todas luces, un teatro al aire libre: brigadas de servidores públicos operando entre semana y fines de semana, bardas y lonas que han tapizado la geografía tlaxcalteca, espectaculares de origen financiero dudoso y una proliferación de «encuestas patito» que intentan fabricar una popularidad hasta ahora dudosa y diseñada al más puro estilo de la que hoy es la oposición.
Y aunque todo mundo vio los excesos, el gasto millonario y la promoción anticipada, el sumiso y desprestigiado Instituto Tlaxcalteca de Elecciones no encontró ninguna anomalía o violación a la ley por parte del alcalde Alfonso Sánchez y de la senadora Ana Lilia Rivera Rivera.
El mencionado despliegue no sólo representa un desafío a las reglas internas de Morena —que prohíben campañas anticipadas y el uso de recursos públicos—, sino una afrenta directa a la inteligencia de los ciudadanos.
Sin embargo, el video difundido ayer del alcalde capitalino, que da respuesta a los rumores de su exclusión, revela algo más preocupante que la simple aspiración política: la pérdida de la templanza y el respeto. Al citar de forma errónea al Quijote con la frase «si los perros ladran, es porque vamos avanzando», Sánchez García no solo recurre a un cliché literario mal empleado, sino que lanza una ofensa generalizada que merece un análisis profundo.
¿A quién llama «perros» el alcalde?
En un contexto donde la competencia interna por la candidatura de Morena incluye a figuras de peso como la senadora Ana Lilia Rivera, la funcionaria federal Josefina Rodríguez Zamora o la empresaria Dulce Silva Hernández, el uso de metáforas caninas resulta, por decir lo menos, misógino y violento.
Si el alcalde considera que los cuestionamientos sobre su campaña anticipada o el presunto regaño presidencial son «guerra sucia», su deber como servidor público es aclararlo con pruebas y presentar denuncias ante las autoridades de lo que dice ser víctima, no recurrir a la descalificación que, por extensión, alcanza a sus compañeras de partido, a los medios de comunicación y a otros aspirantes varones como Raymundo Vázquez Conchas o Carlos Augusto Pérez Hernández.
Llamar «perros» a quienes señalan las inconsistencias de su administración o el origen opaco de sus recursos de campaña es la reacción típica de quien se sabe muy presionado.
Los medios de comunicación son los mensajeros de una realidad que al grupo en el poder le incomoda aceptar. Es su papel y obligación: que el «lorenismo» no es un cheque en blanco y que Tlaxcala rechaza las sucesiones dinásticas que tanto daño le hicieron al estado en el pasado. No lo dicen los mensajeros; es un rumor que crece y crece.
La crisis de identidad en Morena Tlaxcala
El silencio cómplice de la dirigencia estatal de Morena, encabezada curiosamente por la esposa del propio alcalde, Marcela González Castillo, ha permitido que este desorden escale.
La falta de control sobre los actos anticipados de campaña responde a un vacío de poder en la dirigencia nacional. Existe un vacío de liderazgo en Morena; las piezas se están acomodando y, cuando esto pasa, es una ausencia de autoridad que aprovechan los ratones para hacer fiesta.
Sánchez García no ha aclarado cuántas denuncias ha presentado por el uso de su nombre en una campaña electoral “sin su permiso”, quién paga los pasquines, quién financia las brigadas y por qué se siente con el derecho de violentar los principios de «no mentir, no robar y no traicionar» al simular actos de apoyo que emanan directamente de las nóminas gubernamentales.
Si hubo o no un correctivo presidencial que hoy trasciende, no es solo una decisión electoral; es una medida de control de daños de la imagen de Morena. La 4T, bajo el mando de Sheinbaum, parece entender que permitir que los gobernadores impongan a sus «delfines» mediante el uso del erario es el camino más rápido hacia la derrota moral y electoral.
Tlaxcala se encuentra en una encrucijada; a nadie le queda duda. El proyecto de Alfonso Sánchez García ha pasado de la ofensiva publicitaria a la defensiva agresiva. Si quiso evitar que permease en Tlaxcala el hecho de que su pretendida candidatura al gobierno estatal podría derivar hacia una diputación federal, se equivocó al llamar “perros” a los mensajeros.
Es imperativo que el alcalde abandone la retórica de la ofensa. Los ciudadanos y los medios no son «perros» que ladran; son contribuyentes que exigen cuentas claras. Las aspirantes mujeres de su partido no son adversarias de una «guerra sucia»; son cuadros políticos con derechos que merecen respeto.
El «delfín» debe entender que, en democracia, cuando el pueblo levanta la voz, no es un ladrido: es una sentencia. Tlaxcala merece una política y políticos que trabajen, resuelvan y se comprometan, no un espectáculo de descalificaciones nacido de la frustración por un poder que se escapa de las manos.
Si hay «guerra sucia», es de ambos lados, no nos engañemos. Pero, si no se guarda la ecuanimidad y la objetividad, les puede salir el tiro por la culata.