Señorío Tlaxcalteca… ¿Quién será la candidata o candidato de Morena
Adiós, hermano
A veces es muy difícil escribir, hay temas que duelen y hay otros que DUELEN, así, con mayúsculas.
Carlos Ferreyra Carrasco, considerado por muchos uno de los mejores periodistas mexicanos, murió el miércoles a los 87 años, “entrados en 88” como él decía, casi sordo y ciego, pero lúcido y con la tranquilidad de quien esperaba la muerte como un paso natural luego de golpes brutales, como la muerte de su adorada esposa Magdalena, hace algo más de dos años, y Magdalenita, su hija mayor, hace un año. Deja dos hijos, Anita y Carlos, con la misma fortaleza, decencia y generosidad que sus padres, y un puñado de nietos que creo comparten esas características familiares.
Pero era algo más. Era, como dice Paco Ortiz Pinchetti, un referente del periodismo mexicano. Conocí a Ferreyra el 19 de septiembre de 1968, una fecha memorable porque los dos, y el también inolvidable gachupín, José Antonio Rodríguez Couceiro, nos vimos de repente amontonados en una caseta de teléfono público durante la que, por algunas horas, fue una batalla entre la Policía y estudiantes atrincherados en las escuelas del Instituto Politécnico Nacional en el casco de Santo Tomás.
Carlos, veterano ya de 10 años en el periodismo y corresponsal entonces de la agencia Prensa Latina, me tendió la mano. Y como muchos otros, aprendí de él a ver al mundo con escepticismo.
Eso puede parecer una tontería, una mención al obituario. Pero la realidad es que Carlos fue un periodista ejemplar, más preocupado por la verdad, la precisión y ciertamente la honradez que por quedar bien con nadie.
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