Opinión de Jorge Fernández Menéndez
La presidenta Claudia Sheinbaum comenzó mirando, para estar apenas en su primer día de gobierno, demasiado al pasado. En sus discursos de toma de posesión volvió a responsabilizar a los neoliberales, a Calderón, a Zedillo, a Salinas de Gortari de muchos de los problemas del país que existían pero que no se pudieron solucionar, o empeoraron, durante la administración López Obrador.
Por la fecha era inevitable que en su primera mañanera se refiriera a lo sucedido el 2 de octubre del 68 en Tlatelolco, y en su primer acto de gobierno ofreció por decreto una disculpa pública del Estado mexicano por aquella masacre que calificó como un crimen de lesa humanidad.
Como en el caso Ayotzinapa, las historias deben cerrarse, las heridas se deben dejar cicatrizar. Sabemos qué pasó el 2 de octubre, como sabemos qué pasó en Ayotzinapa. En Tlatelolco, por supuesto que la responsabilidad final fue del presidente Díaz Ordaz, pero la responsabilidad material fue del batallón Olimpia, un grupo integrado por elementos del EMP, la Federal de Seguridad, las policías judiciales federal y de la ciudad y elementos de policía capitalina, para garantizar la seguridad en la Olimpiadas de ese año. Ese grupo se manejaba con autonomía del ejército o el Estado Mayor Presidencial, dependía de Luis Echeverría, entonces secretario de Gobernación, y estaba al mando del general Luis Gutiérrez Oropeza.
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