DE FRENTE… Alfonso Sánchez García: el alcalde invisible que quiere gobernar Tlaxcala
Opinión de Yazmin Calderón Zavaleta
“Hay quienes sueñan con gobernar un Estado, pero su entendimiento apenas les alcanza para gobernarse a sí mismos. Quieren ser historia, y apenas son nota al pie.”
-Anónimo
Tlaxcala capital vive una de sus etapas más grises en materia de gobierno municipal. A menos de un año de haber llegado al poder, Alfonso Sánchez García, alcalde de Morena, ha demostrado que la presidencia municipal le quedó grande. Lo que en su momento fue una candidatura impuesta por el poder de la marca guinda y la aplanadora política de la Gobernadora Lorena Cuéllar, hoy se traduce en una administración municipal desaprobada, sin rumbo y con más promesas que resultados.
Y los números no mienten. De acuerdo con la encuestadora Rubrum, que cada mes evalúa el desempeño de los presidentes municipales a nivel nacional con una escala de 1 a 10, los habitantes de la capital tlaxcalteca le han puesto una calificación baja y sostenida a Alfonso Sánchez García, reflejando el descontento generalizado de la ciudadanía ante una gestión que no ha cumplido con lo mínimo: brindar servicios públicos dignos, seguridad efectiva, movilidad urbana funcional y, sobre todo, cercanía con la gente.
El mensaje es claro: Tlaxcala capital no confía en su presidente municipal, y no por un tema de percepción manipulada, sino porque la realidad es tangible en las calles: baches por doquier, falta de iluminación, cero transparencia en los manejos de ingresos como por ejemplo los tan señalados parquimetros, mercados abandonados, calle sucias, inseguridad creciente, una policía sin rumbo y un alcalde que, cuando aparece, lo hace más por vanidad que por vocación de servicio.
Pero Alfonso Sánchez no llegó solo ni por méritos propios. Detrás de su candidatura estuvo el respaldo total de la estructura de Morena en el Estado liderada por nada más y nada menos que la Gobernadora Lorena Cuéllar y de su esposa Marcela González Castillo, quien también ha sido motivo de controversia por su actual papel, ella, es actualmente la Presidenta de MORENA. Lo preocupante es que mientras la ciudad se le cae a pedazos, la pareja política ya opera su próximo movimiento: llevar a Sánchez García a la gubernatura de Tlaxcala, aunque la capital lo repruebe por sus pésimos resultados, todo parece indicar que el municipio por el que participó para dirigirlo le vale dos cacahuates, que decir de la población que exige soluciones y simplemente no hay quién les resuelva.
Marcela González, exdiputada local y una de las mujeres más cercanas a la Gobernadora, asumió la dirigencia de Morena con un discurso de renovación, compromiso con las bases y promesas de fortalecimiento del movimiento. Sin embargo, su actuar ha sido todo lo contrario. En lugar de ser una dirigente imparcial, ética y cercana a la militancia, ha usado el partido como un trampolín exclusivo para beneficiar a su esposo, y no para construir una verdadera estructura de trabajo partidista.
La incongruencia es doble: Alfonso Sánchez García no tiene los resultados, ni el liderazgo, ni el respaldo ciudadano. Y Marcela no tiene la autoridad moral ni política para imponerlo. Juntos, han hecho del partido una plataforma familiar, olvidando que Morena nació de principios claros: no mentir, no robar, no traicionar. Hoy, ninguno de los dos responde a ese código.
El proyecto de Alfonso Sánchez García no se sostiene en hechos, ni en logros, ni en cercanía con la gente. La dirigencia de Morena en Tlaxcala ha sido secuestrada por un interés personal, y eso es traicionar no sólo a la base militante, sino al pueblo.
Porque eso es lo que molesta en lo profundo del partido: que una dirigencia que debería garantizar procesos limpios y democráticos, opere con favoritismos para abrirle paso a un proyecto personalísimo. Alfonso Sánchez García, con el descrédito de su gestión municipal, no tendría ninguna posibilidad real de aspirar a la gubernatura si no fuera por el acomodo que le facilita la Gobernadora Lorena Cuéllar y su esposa desde adentro del partido. Es una jugada burda, grosera, y peligrosa para la democracia interna de Morena.
¿Es esto lo que merece Tlaxcala? ¿Un Presidente Municipal reprobado por su gente y respaldado por el nepotismo partidista?
La capital ya no está para experimentos. Tlaxcala no puede seguir siendo coto de poder ni trampolín para arribar a la gubernatura.
“El poder no se ejerce con gestos patriarcales”
El dedo que ordena y el silencio que somete
No es menor lo que vimos en Puebla. No fue un malentendido, ni una expresión “natural” como intenta justificarlo Alejandro Armenta. Fue un gesto autoritario, patriarcal y humillante. Tronarle los dedos a una mujer funcionaria —en público, con micrófono abierto y cámaras grabando— no es una forma de liderazgo, es una forma de sometimiento.
Y sí: en México hemos avanzado. Las mujeres ocupan hoy más cargos de decisión que nunca en la historia. Hemos ganado a pulso los espacios que por siglos nos negaron. Pero esas conquistas no están aseguradas mientras existan hombres en el poder que se sientan con derecho a marcar el ritmo con un chasquido de dedos, como si gobernar fuera regañar sirvientes.
Alejandro Armenta no sólo tronó los dedos. Después se burló de quienes lo criticaron. Los llamó “hipócritas”, y usó como escudo el recuerdo de su abuela, una mujer a la que ahora utiliza como argumento para justificar conductas que tienen nombre: violencia simbólica y abuso de poder.
Y lo hizo, además, en un evento dedicado a combatir las violencias hacia las mujeres. Con la Secretaria federal Citlalli Hernández a su lado. En una tribuna donde se supone debía hablarse de igualdad, no de nostalgias autoritarias.
La Secretaria de Turismo, Carla López-Malo, aceptó la disculpa del gobernador y lo elogió en redes sociales. Está en su derecho. Pero no podemos perder de vista lo que representa ese intercambio: la sumisión institucional disfrazada de lealtad. Un gesto que muchas mujeres han tenido que replicar en oficinas, cabildos, congresos y gabinetes para no perder el puesto, para no “quedar mal”, para no ser tildadas de conflictivas.
Y eso es exactamente lo que hay que señalar con fuerza: que el problema no es solo el dedo que chasquea, sino el silencio que se impone como única respuesta aceptable.
Armenta no entiende que el liderazgo no se impone, se construye. Que una mujer con cargo no es su subordinada personal. Que la educación de su abuela no es excusa para perpetuar prácticas humillantes. Que no basta con saber lavar trastes para proclamarse feminista. Que si realmente quiere gobernar con perspectiva de género, lo primero que debe hacer es respetar.
Porque de eso se trata el poder en este siglo: de ejercerlo sin pisotear a nadie. Y más aún, sin hacerlo con quienes han tenido que pelear cada centímetro de espacio para ser tomadas en serio.
Alejandro Armenta tiene que entender que gobernar mujeres no es lo mismo que mandar mujeres. Y que mientras no entienda la diferencia, lo único que logrará con sus dedos no será dirigir, sino evidenciar que el machismo sigue vivo… y con fuero.
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