El proverbio Vox populi, vox Dei (la voz del pueblo es la voz de Dios), cuyo uso se ubica hacia el Siglo XII, se entiende y se acepta como la certeza de una comunidad sobre la decisión inapelable de Dios –el que sea– sobre todas las cosas y que, por tanto, tiene que ser ciegamente obedecida.
Los adoradores de Marx del pasado y del actual sexenio, que navegan con la utopía del socialismo pero que en realidad son amantes del capitalismo, inobjetable y ostensible en su propio enriquecimiento, saben muy bien que el pensador alemán conceptualizó la ideología como falsa realidad.
La acción comunicativa del gobierno pasado se basó exactamente en la difusión de una realidad que no era real; los millones de palabras que se pronunciaron durante cientos de horas y conferencias, estuvo basada en la percepción-comunicación-imposición de una realidad unipersonal indiscutible: la del presidente.
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