Opinión de Germán Martínez
A Gustavo Gutiérrez, verdadero liberador de los pobres.
En el año que México entró a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos reelegía a Roosevelt, Ana Frank era descubierta en su escondite, fracasaba el atentado de Claus von Stauffenberg contra Hitler, y desembarcaba en Normandía el ejército norteamericano para acabar con el nazismo. Ese mismo año, 1944, fecha clara para poner en alto las banderas nacionalistas en todo el mundo, el michoacano Felipe Tena Ramírez inventa en nuestro país el término jurídico-constitucional “poder constituyente permanente”, que es el atributo que tiene el pueblo cuando “usa” su soberanía para darse una Constitución.
En aquel tiempo, Tena Ramírez inflamado de ese nacionalismo de la época, distinguió “poder constituyente permanente” de “poderes constituidos”. ¿Hoy, podríamos decir lo mismo después de ochenta años de escrito ese “Derecho Constitucional Mexicano”? ¿Cómo hablar de un poder constituyente nacionalistamente mexicano, cuando el artículo 133 establece que la Constitución, las leyes y los tratados (con el extranjero), serán la “Ley Suprema de toda la Unión”? ¿Todo es poder permanente soberano? El oficialismo atasca sus discursos gritando “soberanía” y se creen sus irremplazables custodios.
Si hablamos de petróleo, ellos son vigilantes de la “soberanía” y guardianes de cada gota. Si el tema es electricidad, invocan la nacionalización, aunque endeudaron al país para pagarle a la española Iberdrola sus plantas de luz. El almacenamiento de gas en Tuxpan, Veracruz, son mexicanos, aunque se utilice la Guardia Nacional para ocuparlos. En el maíz ni se diga, las tortillas mexicanas (aunque estén privatizadas) alimentan nuestro “músculo soberano”.
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